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domingo, 12 de agosto de 2012

Picas


Mientras el mundo se derrumba a mí alrededor, y veo como agonizan los caídos, de rodillas, sobre el campo de batalla, sumergidos en sus propios vómitos, vísceras y sangre… mi mano temblorosa, permanece apresando su espada.

Mis pies se hunden sobre el fango. Mi cuerpo se resiente por el sobreesfuerzo. Mis ojos en neblina, por las gotas de sudor, que se deslizan sobre mi frente, recorriendo las arrugas del entrecejo, marcado, tras años de luchas macabras, sin sentido, transpirando odio, hastío, incluso, miedo.

La inseguridad, guía los pasos, de aquellos que temen por el futuro, agotados por un negro pasado, evitando el presente, combatiendo entre ensoñaciones, vanas esperanzas, irónicos cánticos heroicos, que fortalecen su ciega marcha sobre un terreno desequilibradamente hostil.

Recobro fuerzas, mientras mi espada desgarra miembros, que pesadamente se precipitan sobre un suelo apesadumbrado, donde se recuestan los abatidos restos de los vencidos. Y me dejo llevar por la corriente, del ensangrentado río de lágrimas, donde flotan los marchitos ideales, de esta obcecada sociedad inerte, movida por inercia.

Mi mente colapsada por terroríficas imágenes mugrientas. El alarido de las bestias, retumba en las montañas. El acero golpea contra el hueso, y los dientes sierran las palabras, cebadas por la codicia, de unos cuantos, que miran de lejos, como el cielo se resquebraja, y convulsiona, golpeando las ilusiones, de aquellos que sobreviven, bajo una máscara de horror y autoengaño.

Esa es mi lucha, mi batalla, mi vagar… entre el fuego y la ceniza. Despierto. La muerte me ofrece sus pálidos labios cubiertos de miel. Rehuyo sus besos, su delicada promesa de paz y de sosiego. No quiero descansar. Inquebrantable, prosigo, esquivando su nocturno velo.

Corro. Hacia ningún lugar. Doy vueltas sobre mi misma. Los espectros me atosigan, con sus lastimeras profecías. Soy la elegida, para combatir el hambre, la enfermedad, la avaricia. Apatía. Flaquean mis fuerzas, cuando las estrellas se escapan, chispeantes, hacia un nuevo día. El sol quema mi cara, mis pupilas. La verdad renace en mi ser, no habrá más destellos, cubriré de negro las mentiras.