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domingo, 24 de junio de 2012

Renacer

"He decidido cortar con toda esta locura. Parar la inercia. Pero si no eres millonaria o, como mínimo, nadas en la abundancia, eso es imposible. Pero un día, la puerta, unidireccional, me llevará a la puta calle.

Después de trabajar, corro desesperada, para no tener que esperar, el dichoso autobús que me deja delante del metro. Muchas veces he pensado en el suicidio, sería la única fuente de liberación, para mi mente enferma, después del grandioso esfuerzo que hace, cada mañana, poniendo a funcionar mi organismo, para que se introduzca en lo que más detesta (aborrece, odia, hastía, aburre, fastidia, carga, empalaga, amuerma y putea… ¿Me he dejado alguno?). Pero no quiero dar esa satisfacción a la sociedad, antes les pasaba el cuchillo a todos ellos, que acabar conmigo. ¿Se creen que no percibo los mensajes subliminales que marchitan nuestra psique, nuestra inteligencia y finalmente nuestro físico?

Supongo, que los demás digieren bien las enseñanzas heredadas gracias a la capacidad humana por evitar salirse del camino impuesto, se niegan a desinhibirse, y permiten ser doblegados ante los usos sociales anclados en su subconsciente, con lo cual, no cuestionan la realidad que les gobierna, ya que para ellos esa realidad es única y universal. La sociedad consigue que todos se entiendan, los unos a los otros, soltándose sentencias arraigadas en el pensamiento colectivo que comprenden y ven como propio, y que les hace sentir como los seres racionales que creen que son. Esas sentencias aprendidas inconscientemente, son gracias a la sociedad que juega sutilmente con los miembros que la integran, manteniéndoles entretenidos en algo fútil, para que estén con la guardia baja, siendo ese el momento idóneo para bombardearles la mente con ideas que creerán que ellos solitos han desarrollado. Los pobrecitos reciben las ideas inyectadas con los brazos abiertos, y las transmiten (como un virus) a otros para que les escuchen con devoción, y lo harán, porque coincidirán en conclusión. Pero es lógico que coincidan, ya que la sociedad se ha basado en enseñanzas univocas. Esas enseñanzas, permiten creer al pueblo que sólo existe esta realidad en la que están conferidos. Que cuestionarse “otra” es una pérdida de tiempo. Que intentar cambiar el estado de las cosas no es productivo, y es una forma banal de quemar las energías. 

Así que es lógico pensar, que los miembros creados bajo la razón de está sociedad, sean incapaces de luchar contra el sistema, ya que el sistema les tiene bien inculcados, y ellos tienen muy bien asimiladas las reglas. Pobres humanos, por eso antes les pasaba el cuchillo a ellos que a mí. Su incapacidad por desarrollar pensamientos a partir de la nada, de romper con las ideas preestablecidas y generar unas propias… les hace parecer seres que han sufrido una afasia, por su ineptitud al expresarse de una forma autónoma.

Sería mejor que no despertasen nunca, que los cimientos que les mantienen no se derrumbaran jamás, porque si su ignorancia se revelara de la misma forma como yo se la percibo, descubrirían lo desdichados que son. Pero ellos mismos se lo han buscado, con su facilidad por recibir ideas colectivas sin ponerlas en tela de juicio. Hacen oídos sordos a las ideas que les desmoronarían, las que cuestionan su naturaleza, y se defienden de ellas impidiendo que penetren en su ser, se niegan a razonarlas. Si lo hiciesen, pobres humanos, dejarían de temer la muerte… para temer a la vida, al darse cuenta que la muerte les liberaría de la enajenación que les ha privado de su naturaleza y los ha convertido en una pieza más del engranaje. Se percatarían de cómo les han tomado el pelo… y a lo mejor se revolverían contra el sistema. Pero la verdad, desconozco las consecuencias, no sé si eso les ayudaría o les acabaría destruyendo. Si vieran la verdad, no la reconocerían, y si la reconocieran, no podrían actuar por falta de aptitudes. No pueden aprender en un momento, lo que se les ha privado en toda su vida. Ellos han recibido las enseñanzas que se han ido transmitiendo de generación en generación como una verdad absoluta, y si esa verdad absoluta se convierte en una mentira absoluta… el mundo se llena de Kaos. 

Y como el ser humano es un ser irracional, dentro de todo, ya que ha aprendido como un perro las enseñanzas de su amo, como mucho le mordería la mano al amo, en lugar de enfrentarse a él dialécticamente. Yo no soy mejor que ellos, supongo que mi situación es peor, ya que sigo las reglas, a sabiendas, que van contra mi persona. Como dicen ellos… no hay otra realidad… y no la hay… porque me tienen presa en esta. Y yo sola no la puedo cambiar.

Llego a mi casa asqueada. Absorbida por mis pensamientos, enciendo la TV. Necesito enajenación para no vomitar el asco que siento por mi misma. La televisión es hipnótica, y supongo que es otro canal para inculcarnos bien las ideas que nos tienen dominados. Los publicistas hacen grandes obras sociales, educan al vulgo. Hasta pienso que va conmigo que es a mí a quien venden esas caras sonrientes como si con una bebida absurda se me fueran a tensar las mejillas obligándome a tal esfuerzo. Deben llevar drogas o algo así, o no lo entiendo, tranquilizantes, antidepresivos, que sé yo… La publicidad es lista… le ponen a uno de protagonista.


Consiguen que me ría (de mi misma) ante el espejo. Me río del ser que me mira y que no sé que hace el resto del día. Es un ser, que está allí, preparado, para que cada vez que mire en el espejo, me salude y recuerde como es mi cara (de agobio). Me gustaría ser imagen de espejo, aparecer sólo en el momento que lo buscas y quedarme esperando hasta que sea, el otro, el que vuelva, de la guerra, ¡Y que me reclame! que a lo mejor estoy TAN OCUPADA que ni aparezco, ¡Anda! Que se de cuenta de lo invisible que es. Por otra parte, debe ser aburrido ser imagen de espejo. Envejece, como yo, repitiendo lo que yo hago. A lo mejor, hace mi misma vida pero a la inversa… entonces… mi reflejo debe ser una ejecutiva despiadada que tiene a un centenar de subordinados, y no como yo, que soy la subordinada de otro como yo que a saber cuantos tiene por encima, y el pobre frustrado, nos recrimina su propia incompetencia. Le apunto con el dedo y disparo".

Debería dejar esta loca ciudad, abandonarla, y sino, despistarla y así dejarla atrás, en el olvido. Que me pierdan de vista los ciudadanos, con sus avinagradas vidas, estoy harta de sus caras de céntimo, de euro, corroído.

Miro por la ventana lo cotidiano. Las almas pérdidas no paran de caminar por mi calle. Imagino que les pagan para ello, lo deben hacer tan mal, que no repiten. La “casa” o caja de zapatos, no es gran cosa, bueno, como sala de torturas es genial, si ese fuera su cometido, se llevaría el premio. Por las noches: coches, ambulancias, basuras, disputas, borrachos, tacones, persianas, portazos, cisternas, calentadores, voces, gritos, televisión, manifestaciones, confrontaciones, bomberos, policías… De día: no sé, trabajo. Aunque, los fines de semana, las noches (de ruidos) son de 24 horas. O mejor dicho, la noche del viernes se encadena con la del domingo.

Lo extraño es que no acarree una depresión. Mi depresión esta ahí, expectante. Controla todos mis movimientos, y espera letalmente latente un descuido mío. A veces cuando me encierro en mi habitación, con las persianas bajadas para no recibir nada del mundo, la veo sentada en una silla, riéndose de mí, yo me hago la despistada. Me entierro bajo las sabanas y la almohada, para no verla ni escucharla.

No hago caso a mi razón, o mi razón no entiende de salud mental. Mi razón tendría que buscar salidas a este embrollo. Tendría que obligarme a cortar con este mundo infernal. ¿Que sufrimientos tuvo el joven werther comparados con los míos? ¿A caso en el libro, de goethe, narró las vicisitudes, de éste, a la hora de ir a trabajar? Supongo que no superó el proceso de selección.

domingo, 17 de junio de 2012

Cualquier día...


Negra noche y negro el decorado. Dos chicos deambulan con sus bicicletas por un descampado. La vegetación es densa. Se adentran por un camino. Los dos chicos silban como en verano azul, pero su canción no es veraniega, más bien es el último tema de los Tool, aunque su ineptitud por la música se confirma con su mala ejecución. Mientras manifiestan su incapacidad por la canción, uno se precipita cuesta abajo hasta caer en un agujero. Su amigo corre detrás de él, en su busca, gritando si está bien. El otro no responde.

El amigo se coloca en el borde del agujero y mira en su interior, su compañero está inmóvil junto a un cadáver. Los dos permanecen estupefactos. El cadáver es una mujer de unos 30 años con el cuerpo descompuesto, que está siendo devorado por gusanos. De repente el cuerpo de la mujer empieza a moverse convulsamente. El chico que está en el borde del agujero da órdenes a su amigo para que se vaya de allí, empieza a tirarle piedras para que reaccione. El chico agarra su bicicleta y la lanza contra su amigo para que la incorpore, aunque amigo y bicicleta caen de culo. El chico ve como un enorme gusano asoma por la boca del cadáver, empieza a arañar la tierra, patalea como un niño, su amigo lo atrapa por los sobacos y lo sube arriba. El gusano empieza a arrastrarse por el cadáver hacia ellos. Los dos gritan histéricamente y se van corriendo por donde han venido.

Los dos pedalean ansiosamente por el descampado, se dirigen a la carretera, un coche patrulla casi los atropella. El coche se para, baja un policía con cara de perro que les hace señales para que se acerquen. Los dos pálidos y con los ojos como platos se aproximan al coche, agarrándose fuertemente a sus respectivas bicicletas. Les interroga. Ellos, entrecortadamente, le cuentan al policía lo que han visto. El policía les exige que le guíen hacia el cuerpo del delito. Los dos se niegan rotundamente, recalcan lo del gusano de dimensiones gigantescas que asomaba por su boca y como había salido de ésta. El otro hombre que aún permanece en el coche, da el aviso en central, luego baja del coche y se coloca junto a su compañero. El policía comprende que no quieran ir, así que les pide que como mínimo les indique la posición, y que esperen junto al coche. Los dos asienten con la cabeza su predisposición para colaborar, señalan la zona del agujero amparados por la distancia y prometen esperar.

Los dos policías, se abren paso por el descampado. Uno de ellos gira la cabeza y ve como los dos amigos escapan salerosamente, mira a su compañero y le comenta que a lo mejor no ha sido buena idea. Los policías encuentran el agujero, examinan su interior, uno de los dos se aventura y baja junto al cadáver. El otro en el borde del agujero, le alumbra con la linterna. Los dos advierten un sonido. Algo que se arrastra entre las matas. El policía que está al borde del agujero enfoca el punto de donde proviene, ve como un gusano se abalanza sobre él, la linterna cae al suelo, el otro es deslumbrado por la luz, sube corriendo dirigiéndose hacia la linterna, la coge y alumbra el cuerpo de su compañero que se mueve de forma sincopada, viendo la cola del gusano, el resto ya se ha introducido por su boca. No sabe como actuar, impotentemente, corre hacia el coche para que le digan que cojones tiene que hacer. Cuando intenta correr, algo le agarra por un pie, el cadáver de la mujer está situado a sus espaldas. Mueve la boca enseñando sus dientes. El policía forcejea, la mujer le arranca una oreja, él le clava una patada, ella le agarra la pierna y se la arranca. El hombre cae inconsciente, aunque despierta justo en el momento que le devora su vientre.

Los dos chicos se despiden en un portal. El que ahora sube por las escaleras es Jonathan, y el que se va, es Richard. Los dos viven en un barrio periférico de su ciudad. El índice de delincuencia concentrado en ese distrito es elevado. Los dos están acostumbrados, ya han encontrado tres cadáveres, esta semana, en ese descampado.

Jonathan olvida el asunto. Abre la puerta de su casa, saluda a su madre alcohólica que ni le reconoce, se dirige en silencio a su habitación, en la que sus dos hermanos ya duermen, se desviste y se mete en su cama. No puede dormir, el ruido de las sirenas atraviesa las paredes. Sus hermanos se desvelan. El griterío de la calle aumenta. Se oye una manifestación de gente aproximarse. En menos que canta un gallo, mamporros en la puerta. Los dos hermanos salen de la habitación a ver que pasa. La madre abre la puerta y es absorbida por la masa, junto a sus dos hijos. Jonathan en la puerta, ve como son descuartizados e ingeridos. Sin dudarlo salta por la escalera de incendios y baja estrepitosamente hacia la calle, se encamina apresuradamente para casa de su amigo perseguido por gente agonizante. Las calles están en llamas.

Llega al edificio destartalado donde vive Richard. Empieza a tirar cosas a su ventana. Rompe uno de los cristales. La cabeza de su amigo asoma por el agujero “cagándose en tos sus muertos”, Jonathan bromea que elija el que quiera, que tiene muchos a sus espaldas. Su amigo se percata del asunto y le pide que le espere junto al coche, le lanza las llaves. Richard baja con su hermana, la madre y la abuela. Jonathan para el coche enfrente de ellos, los cuatro suben. Richard se lía a empujones con los no muertos que quieren catarlo. El culo de la madre casi no entra en el coche, Richard la empuja violentamente hacia dentro. Cierra la puerta y abre la del conductor, Jonathan le ha dejado el sitio. Richard arranca y atropella a unos cuantos, cantando puntos extra.


Los cinco en el coche entran en la M30. En plena noche, y atrapados en un atasco. Ya podían a ver puesto metro en la Elipa y se lo ahorraban. El coche parado. La abuela se caga encima. Se ahogan. La hermana y la madre la limpian. Richard y Jonathan bajan del coche e inspeccionan la zona. Cientos y cientos de coches parados. Todos ellos abandonados. Un estruendo hace que se giren sobre si mismos. Un no muerto se está comiendo los excrementos de la abuela, y a la abuela. La madre, la hermana se libran por los pelos, pero la madre tropieza, la hermana intenta incorporar a su madre, mientras su hermano, Richard, le espeta que huya, que no podrá con la madre que está muy gorda, que se salve ella. La hermana lucha con todas sus fuerzas intentando salvar a su madre, pero los no muertos ya la tienen cogida por las piernas. La hermana flojea y al final las dos, son engullidas por el gentío. Jonathan y Richard, cara a cara, se desgañitan en tanto se alejan del coche.

Unos coches más arriba, una mujer y hombre discuten por su frustrado matrimonio, ajenos a la desgracia que se les viene encima. Los dos tienen aspecto de ser de familia adinerada. Aburridos por sus avinagradas vidas, matan el tiempo entre disputas absurdas sobre su relación putrefacta. El marido, cabreado, sale del coche. Un agujero se abre en su sien. La mujer horrorizada se esconde tras el volante. De reojo ve a su marido que está tumbado en el asfalto. Levanta la cabeza y observa un comando que se dedica a disparar contra la gente que sale de los coches. Ella asustada, se dirige al asiento de atrás. Una vez situada allí, mueve el respaldo del asiento y penetra en el maletero del coche donde se esconde.

Jonathan y Richard oyen disparos. Se esconden detrás de un coche. Se sienten acorralados, por una parte están los no muertos que van hacia ellos, y en el otro lado un escuadrón de la muerte que se va cargando a todos lo que se encuentran por medio. Jonathan le dice que van a morir. Richard mira el suelo. Luego me mira a mí. Y vocifera que tengo muy malas pulgas.

Jonathan se gira hacia Richard extrañado, preguntándose con quien habla. Richard me señala. Le comenta que soy la responsable. Y el pobre Jonathan me saluda y me pregunta si les puedo sacar de ésta.

Jonathan y Richard bailan, y hacen señales a todo el mundo para ser un blanco fácil. Richard se enfurece y me recrimina mi comportamiento y me aconseja que no me pase, mientras su amigo está de rodillas en el suelo pidiéndome que no le mate.

Como no me gusta que me molesten en tanto escribo, dirijo el escuadrón asesino y la masa de no muertos para que les rodeen. Richard me exige que le de razones. Yo al final le mascullo que es mi relato y hago lo que quiero. Richard me llama animal y me ordena que lo cambie. El necio no sabe con quien trata. Le explico que él es un simple personaje que si no fuera por mí ni existiría. Jonathan me mira con los ojos abiertos y me pregunta si le puedo dar superpoderes. Me molesto mucho, y le pongo una chepa a Richard para pasarle mi décimo de navidad por su amorfa espalda. Sino gano el concurso, como mínimo ganaré la lotería.

Una mujer sale del maletero del coche que tienen a sus espaldas. Estudia la situación. Frunce el ceño. Le pregunta a Richard y a Jonathan que con quien demonios hablan. Me vuelven a señalar. Odio que me señalen. Ella me agradece el gesto por lo de su marido. Yo le informo que no va a disfrutar de la herencia porque los no muertos se la van a merendar. Me manda a la mierda. Le grapo la boca para que no hable. La Mujer me enseña su dedo corazón altivo y se lo corto. La pobrecita se retuerce por el suelo. Los no muertos huelen su sangre y se pelean por ella. Da status que se peleen por ti.

Richard se da cuenta de mi poder, pero me dice que a lo mejor se vuelve contra mí. Un francotirador del escuadrón de la muerte me saluda. Me apunta con su arma. Yo le hago bailar claque sobre las cabezas de los no muertos. El pobre resbala y precipita uno de sus pies sobre la boca de un no muerto y éste se lo arranca de cuajo, pero eso no hace que pare, el sigue bailando está vez en el suelo, creo que lo llaman break dance. Me fijo y veo que no está bailando, es más parecido al movimiento que produce un cuerpo cuando es mordido por pirañas.

Richard se me aproxima. Me indica que si estamos los dos juntos y le matan, yo moriré con él. Me aburre. Richard tiene un virus que le produce diarrea y se tiene que ir a defecar detrás de un coche, mientras hace sus necesidades despotrica. Jonathan se sienta a mi lado. Me invita a un cigarrillo. Los dos fumamos tranquilamente mientras vemos a los no muertos saltando y cantando alegremente. Le doy a Jonathan el poder de que pueda jugar con ellos al paquito el chocolatero. Jonathan empieza a jugar con los no muertos. Les pide primero que levanten una mano, luego la otra, luego un pie y se caen todos de culo. Reímos. Jonathan se divierte como un crío con sus Geiperman tamaño real.

Richard vuelve oliendo a caca. Los no muertos se tapan la nariz. Richard está furioso. Observa como Jonathan gobierna la voluntad de los no muertos y le solicita que lo utilice contra mí. Jonathan pasa de Richard, él siempre había querido ser cantante de orquesta para poder guiar los pasos de ese baile. Ahora todos le hacen caso y se siente el amo del mundo.

Como el tema Richard está muy sudado, lo convierto en no muerto y se une a los bailes que Jonathan organiza. La diversión dura poco, porque me aburro rápidamente. Jonathan lo descubre y utiliza su superpoder verbal contra mi persona. Como mi perro quiere morderme la mano, le devuelvo su misma medicina, hago que los no muertos le muerdan las manos sin miramientos. Cuando les ordena que paren, el muy tonto se muerde la lengua. Sale sangre a borbotones y un no muerto le come la boca.

Al final no queda nadie de mis personajes, porque me han hecho enfadar. Así, que la lucha final se llevará a cabo por los miembros del escuadrón de la muerte y los no muertos. Cómo no sé si es mejor que ganen los vivos como siempre o los no muertos como nunca, me voy al bar a tomar un café. Las dos bandas se quedan inmóviles esperándome.

Hay una cafetería que me abre sus puertas. Una camarera me trae un café y un bollo. Una televisión colgada en una pared, habla sobre el movimiento 15-M y como los indignados tratan de reconquistar Sol... pero unos golpecitos me devuelven a mi batalla... por lo visto, mis monstruos han encendido la radio de un coche, y han creado una Dead Party.
Pensándolo bien, los monstruos que he creado, no son tan mezquinos como los monstruos a los que se enfrentan los indignados.  Gane quien gane la tierra seguirá siendo un nido corrupto. Asqueada por la situación, dejo el final en manos del destino. Me vuelvo a la vida real, donde la realidad supera la ficción, y aunque no hay no muertos, hay otros monstruos más fieros que nos gobiernan. Les doy la espalda y les dejo a su libre albedrío, por lo visto, en el breve momento que decidí desconectar y ausentarme, aprendieron a superar sus diferencias y buscar sus puntos en común, y ahora estan en una continua juerga, ¿no podríamos hacer nosotros lo mismo? Siempre que hay alguien que supervisa... controla o castra o dice lo que se tiene que hacer... malo... Por el bien común xDDD Si es que la culpa la tienen los Griegos... envidia de pózima xDDDD

domingo, 10 de junio de 2012

Inconsciente (4)


Nereida empezó a tomar la medicación, su estado había mejorado. Intentaba seguir todas las indicaciones del documento a rajatabla, pero de vez en cuando sufría una cataplejía, por suerte, más moderada. Comunicó a su empresa su enfermedad, como no la conocían bien le pidieron que su médico le redactase un informe para saber de que se trataba, y de cómo afectaría en su rendimiento, esa petición ultrajó a Nereida, pero acabó acatando.

Después de entregarles el informe, la empresa no quería perder la bonificación por tener a una incapacitada en platilla y le obligaron a tramitar su minusvalía. A Nereida le dolió esa falta de empatía que demostraron sus superiores.

Nereida consiguió el día libre ya que a los directivos les concernía. Fue a la consejería de asuntos sociales para informarse de los trámites a seguir. Un asistente social la atendió y le comentó que tendría que presentar unos informes y que sería entrevistada ante un tribunal médico que evaluaría su grado de minusvalía. El asistente social prosiguió resaltando que si conseguía un 65% de minusvalía tenía derecho a la pensión de invalidez no contributiva si es que carecía de ingresos o no había cotizado a la seguridad social. Nereida estaba dada de alta en la seguridad social y cotizaba pero no sabía si tenía las cotizaciones suficientes, a parte era una exigencia de su empresa lo de tramitar la minusvalía, si Nereida no se sentía incapacitada. El médico le aseguró que en principio no era una enfermedad disfuncional, así que Nereida se cuestionaba como iba a pedir una pensión si trabajaba y si trabajaba era porque se sentía bien.

Tal vez que Nereida sufriese una cataplejía ante el asistente social, ayudó a que éste le asesorase para pedir su vida laboral en las oficinas de la Seguridad Social aunque le recordó que la mandaban por correo, así podría consultar si era lícito percibir la pensión contributiva, le notificó que si era pensionista la medicación era gratuita y tendría muchas otras ventajas y eso le gustó a Nereida ya que su mediación precisamente no era barata. El asistente social, también le entregó un listado de enfermedades susceptibles de valorar como minusvalías, publicada por la Seguridad Social y la consejería de Asuntos Sociales y comprobó por ella misma que la narcolepsia estaba incluida en el apartado de hipersomnias con los parámetros y porcentajes que se consideraban. El asistente social enunció que para tramitar dicha invalidez, debería visitar un neurólogo de la Seguridad Social que le hiciese un diagnóstico más o menos severo de su enfermedad detallando su respuesta con los medicamentos. Nereida preguntó al asistente si valía su médico, aunque fuese privado, no obstante, el asistente le expuso que debía ser de la seguridad social, al igual que el psicólogo que evaluaría su estado psicológico. El asistente social la acompañó hasta la puerta, y se despidió cortésmente sin poder evitar soltar un comentario del tipo <<Tienes una vida por delante, no la malgastes>>, al percatarse de que Nereida, en lugar de pensar en ella, se preocupaba más por su empresa que la estaba obligando a tramitar su minusvalía por el tema de las bonificaciones.

Nereida cayó en la cuenta de que el asistente social tenía razón, llevaba mucho tiempo canalizando todos sus esfuerzos en ese trabajo esclavista, ella sólo tenía una vida y no podía desperdiciarla, haría lo posible para cobrar la pensión y abandonar esa empresa de carroñeros que sólo querían sacar provecho de su enfermedad. Nereida estaba saturada por tanta información pero haría lo posible por empezar a vivir su vida, pensar en ella misma, ser la protagonista y no una mala actriz que no llega ni ha personaje secundario de su mísera existencia.

Quedaba una hora para su sesión con la doctora, Nereida entró en una cafetería que estaba cerca de su consulta. Pidió a la camarera un agua, tenía que evitar tomar estimulantes a esas horas, y añadió que si se dormía que por favor la despertase. Nereida apuraba el vaso de agua, bajo la mirada expectante de la camarera que seguro que pensaba que estaba loca. A lo mejor estaba acostumbrada, tal vez todos los pacientes de la doctora iban allí, no pudo evitar reírse cosa que obligó que la camarera la despertase.

En la consulta, la mayoría de las veces la doctora le preguntaba por sus sueños. A Nereida no le importaba perder el tiempo hablando de ellos, la doctora estaba emocionada con el caso de Nereida y no le cobraba las visitas, quería ahondar en su enfermedad, y había muy poca información tanto por internet como en las bibliotecas públicas.

Nereida no podía evitar sentirse como algo especial. Realmente, era especial y se dormía.

domingo, 3 de junio de 2012

Inconsciente (3)


Nereida logró incorporarse, una multitud le rodeaba. Alguien advirtió que una ambulancia venía en camino, pero Nereida no quiso quedarse a esperarla, pidió que por favor no se preocupasen, precisamente venía del médico. Un hombre joven se ofreció a llevarla a casa, pero Nereida se negó, no quería causarle molestias, y por mucho que el chico insistió, Nereida no accedió porque a lo mejor era el intruso que rondaba por su casa.

Finalmente en su templo, se sentó en el sofá apesadumbrada. Detalló en una libreta el ataque que había tenido para que la doctora lo tuviera en cuenta.

En una de las visitas siguientes a la doctora, después de todos los hechos más o menos relevantes que Nereida había recopilado en su libreta, la psiquiatra le comentó que podría tratarse de una apnea del sueño. La doctora le facilitó el teléfono de un especialista para que pidiese hora, no obstante, Nereida no lo tenía claro, ella creía que era un trastorno mental no obstante era alentador que hubiese una explicación física a su problema.

El especialista, un neurólogo, la visitó. Nereida tuvo que someterse a un polisimnograma y un test de latencias múltiples de sueño. Nereida recordó la noche que pasó en el instituto del sueño, cuando la enfermera le quitaba todas las ventosas, cuando se incorporó de la cama para irse a cambiar de ropa, las piernas le flaquearon y se precipitó de morros sobre el suelo sin poder protegerse con las manos. Cuando despertó comprobó si tenía todos los dientes, y efectivamente los tenía. Una cámara que había en esa habitación, registró lo sucedido y los profesionales decidieron hacerle un TAC cerebral.

Al cabo de unas semanas, el neurólogo llamó al móvil de Nereida y la citó en su consulta para él lunes porque ya tenía los resultados de las pruebas médicas. Nereida suplicó su diagnóstico al doctor porque faltaban dos días y no quería pasarlos en vela, pero el doctor se despidió recordándole que se verían en la consulta. Nereida estaba tan nerviosa que se sobresaltó cuando notó que alguien la sacudía, era el camarero que le avisaba que cerraban.

En la sala de espera de la consulta del neurólogo, Nereida echaba de menos sus uñas. De lo nerviosa que estaba, se hubiera comido las uñas de la mujer y el niño que esperaban con ella, si estos se lo hubiesen permitido. La enfermera apareció por la puerta y avisó a Nereida que era su turno.

Nereida se frotaba las manos sudorosas, respiraba pausadamente intentado calmarse. Todas esas semanas de pruebas y espera, se apoyó en las charlas de la doctora que la reconfortaban psicológicamente. La doctora le enseñó unas cuantas técnicas para calmar su ansiedad ya que se negó a recetarle medicación para combatirla. Nereida sentada ante el doctor esperaba su veredicto. Éste tenía los ojos clavados en su historial, dejó de examinarlo para mirar los ojos de su paciente y le comunicó su diagnosis sin perderlos de vista. Nereida tenía narcolepsia.

Nereida no sabía si eso era bueno o malo, porque desconocía de qué se trataba, exigió al doctor una explicación. El neurólogo le expuso que la narcolepsia era una alteración del sistema nervioso que afectaba a los mecanismos del sueño. Le informó sobre los recientes estudios que apoyaban la tesis que era debido a la muerte de las células hipocretinas que se hallaban en el hipotálamo y que en su lugar había una especie de tejido cicatrizado, llamado gliosis. A Nereida esa explicación le sonó a chino y evidenció su ignorancia. El neurólogo le entregó un documento donde se explicaba que era la enfermedad, incluso, se detallaban los síntomas, él se los enumeró. Inició la relación con la somnolencia diurna y la sensación de fatiga excesiva junto a los ataques de sueño; Seguidamente las cataplejías, las alucinaciones hipnagógicas y la parálisis del sueño; después prosiguió con otros síntomas que subrayó que eran secundarios, como la conducta automática y el sueño nocturno interrumpido. Nereida empezó a comprender, ella estaba familiarizada con esos síntomas, aunque necesitó que el neurólogo le aclarase lo de la conducta automática. El neurólogo lo interpretó como rutinas que uno no es consciente de que las desarrolla en el momento de su ejecución. Luego el neurólogo manifestó que la narcolepsia de momento era una enfermedad incurable, con lo cual el tratamiento era paliativo, atacaba sólo a los síntomas. Estaban haciendo unos estudios con células madres, pero aún no había ningún resultado satisfactorio. El neurólogo le recetó Modiodal para la narcolepsia y Rubifén para la cataplejía. De momento no le recetaba nada para las alucinaciones porque tenía que empezar a dominarlas, pero si se le hacía imposible controlarlas, le recetaría anafranil que no las hacía desaparecer pero ayudaba. Nereida con las manos sobres sus muslos, escuchó los consejos del doctor que le recordaba que se acostase y levantase a la misma hora, que evitase tomar excitantes y comer antes de dormir, que debía permanecer relajada antes de acostarse y que durmiese en un sitio tranquilo. Nereida se río, su casa precisamente no era tranquila, si parecía que la gente de la calle estaba en su salón. El neurólogo le pasó el documento y le sugirió que lo estudiase, y siguiese las indicaciones que había incluidas en él.

Nereida cruzada de brazos, clavó sus ojos negros sobre los del doctor, había una pregunta que rondaba su cabeza que no era capaz de pronunciar. El neurólogo animó a que la formulase. Nereida quería saber si la narcolepsia podía perjudicar su rendimiento laboral y si tenía que informar a su empresa de que la padecía, por otra parte tenía miedo de que la echasen por estar enferma, se sentía perdida. El neurólogo comprendía muy bien que le pidiese eso ya que tenía que empezar a descubrir cuales eran sus limitaciones y debía aprender a vivir con ellas. El neurólogo le aconsejó que si quería tramitar la minusvalía, podría pedir información en los servicios sociales o ambulatorios de la seguridad social.