Etiquetas

Videos (90) Musica (53) Television (21) Publicidad (13) Escritos (10) Cine (4) Inconsciente (4) Ensayo (3) sketch (3) Artes Marciales (2) Gastronomia (2) Deporte (1) Paisajes (1) perfomance (1)
Mostrando entradas con la etiqueta Inconsciente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Inconsciente. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de junio de 2012

Inconsciente (4)


Nereida empezó a tomar la medicación, su estado había mejorado. Intentaba seguir todas las indicaciones del documento a rajatabla, pero de vez en cuando sufría una cataplejía, por suerte, más moderada. Comunicó a su empresa su enfermedad, como no la conocían bien le pidieron que su médico le redactase un informe para saber de que se trataba, y de cómo afectaría en su rendimiento, esa petición ultrajó a Nereida, pero acabó acatando.

Después de entregarles el informe, la empresa no quería perder la bonificación por tener a una incapacitada en platilla y le obligaron a tramitar su minusvalía. A Nereida le dolió esa falta de empatía que demostraron sus superiores.

Nereida consiguió el día libre ya que a los directivos les concernía. Fue a la consejería de asuntos sociales para informarse de los trámites a seguir. Un asistente social la atendió y le comentó que tendría que presentar unos informes y que sería entrevistada ante un tribunal médico que evaluaría su grado de minusvalía. El asistente social prosiguió resaltando que si conseguía un 65% de minusvalía tenía derecho a la pensión de invalidez no contributiva si es que carecía de ingresos o no había cotizado a la seguridad social. Nereida estaba dada de alta en la seguridad social y cotizaba pero no sabía si tenía las cotizaciones suficientes, a parte era una exigencia de su empresa lo de tramitar la minusvalía, si Nereida no se sentía incapacitada. El médico le aseguró que en principio no era una enfermedad disfuncional, así que Nereida se cuestionaba como iba a pedir una pensión si trabajaba y si trabajaba era porque se sentía bien.

Tal vez que Nereida sufriese una cataplejía ante el asistente social, ayudó a que éste le asesorase para pedir su vida laboral en las oficinas de la Seguridad Social aunque le recordó que la mandaban por correo, así podría consultar si era lícito percibir la pensión contributiva, le notificó que si era pensionista la medicación era gratuita y tendría muchas otras ventajas y eso le gustó a Nereida ya que su mediación precisamente no era barata. El asistente social, también le entregó un listado de enfermedades susceptibles de valorar como minusvalías, publicada por la Seguridad Social y la consejería de Asuntos Sociales y comprobó por ella misma que la narcolepsia estaba incluida en el apartado de hipersomnias con los parámetros y porcentajes que se consideraban. El asistente social enunció que para tramitar dicha invalidez, debería visitar un neurólogo de la Seguridad Social que le hiciese un diagnóstico más o menos severo de su enfermedad detallando su respuesta con los medicamentos. Nereida preguntó al asistente si valía su médico, aunque fuese privado, no obstante, el asistente le expuso que debía ser de la seguridad social, al igual que el psicólogo que evaluaría su estado psicológico. El asistente social la acompañó hasta la puerta, y se despidió cortésmente sin poder evitar soltar un comentario del tipo <<Tienes una vida por delante, no la malgastes>>, al percatarse de que Nereida, en lugar de pensar en ella, se preocupaba más por su empresa que la estaba obligando a tramitar su minusvalía por el tema de las bonificaciones.

Nereida cayó en la cuenta de que el asistente social tenía razón, llevaba mucho tiempo canalizando todos sus esfuerzos en ese trabajo esclavista, ella sólo tenía una vida y no podía desperdiciarla, haría lo posible para cobrar la pensión y abandonar esa empresa de carroñeros que sólo querían sacar provecho de su enfermedad. Nereida estaba saturada por tanta información pero haría lo posible por empezar a vivir su vida, pensar en ella misma, ser la protagonista y no una mala actriz que no llega ni ha personaje secundario de su mísera existencia.

Quedaba una hora para su sesión con la doctora, Nereida entró en una cafetería que estaba cerca de su consulta. Pidió a la camarera un agua, tenía que evitar tomar estimulantes a esas horas, y añadió que si se dormía que por favor la despertase. Nereida apuraba el vaso de agua, bajo la mirada expectante de la camarera que seguro que pensaba que estaba loca. A lo mejor estaba acostumbrada, tal vez todos los pacientes de la doctora iban allí, no pudo evitar reírse cosa que obligó que la camarera la despertase.

En la consulta, la mayoría de las veces la doctora le preguntaba por sus sueños. A Nereida no le importaba perder el tiempo hablando de ellos, la doctora estaba emocionada con el caso de Nereida y no le cobraba las visitas, quería ahondar en su enfermedad, y había muy poca información tanto por internet como en las bibliotecas públicas.

Nereida no podía evitar sentirse como algo especial. Realmente, era especial y se dormía.

domingo, 3 de junio de 2012

Inconsciente (3)


Nereida logró incorporarse, una multitud le rodeaba. Alguien advirtió que una ambulancia venía en camino, pero Nereida no quiso quedarse a esperarla, pidió que por favor no se preocupasen, precisamente venía del médico. Un hombre joven se ofreció a llevarla a casa, pero Nereida se negó, no quería causarle molestias, y por mucho que el chico insistió, Nereida no accedió porque a lo mejor era el intruso que rondaba por su casa.

Finalmente en su templo, se sentó en el sofá apesadumbrada. Detalló en una libreta el ataque que había tenido para que la doctora lo tuviera en cuenta.

En una de las visitas siguientes a la doctora, después de todos los hechos más o menos relevantes que Nereida había recopilado en su libreta, la psiquiatra le comentó que podría tratarse de una apnea del sueño. La doctora le facilitó el teléfono de un especialista para que pidiese hora, no obstante, Nereida no lo tenía claro, ella creía que era un trastorno mental no obstante era alentador que hubiese una explicación física a su problema.

El especialista, un neurólogo, la visitó. Nereida tuvo que someterse a un polisimnograma y un test de latencias múltiples de sueño. Nereida recordó la noche que pasó en el instituto del sueño, cuando la enfermera le quitaba todas las ventosas, cuando se incorporó de la cama para irse a cambiar de ropa, las piernas le flaquearon y se precipitó de morros sobre el suelo sin poder protegerse con las manos. Cuando despertó comprobó si tenía todos los dientes, y efectivamente los tenía. Una cámara que había en esa habitación, registró lo sucedido y los profesionales decidieron hacerle un TAC cerebral.

Al cabo de unas semanas, el neurólogo llamó al móvil de Nereida y la citó en su consulta para él lunes porque ya tenía los resultados de las pruebas médicas. Nereida suplicó su diagnóstico al doctor porque faltaban dos días y no quería pasarlos en vela, pero el doctor se despidió recordándole que se verían en la consulta. Nereida estaba tan nerviosa que se sobresaltó cuando notó que alguien la sacudía, era el camarero que le avisaba que cerraban.

En la sala de espera de la consulta del neurólogo, Nereida echaba de menos sus uñas. De lo nerviosa que estaba, se hubiera comido las uñas de la mujer y el niño que esperaban con ella, si estos se lo hubiesen permitido. La enfermera apareció por la puerta y avisó a Nereida que era su turno.

Nereida se frotaba las manos sudorosas, respiraba pausadamente intentado calmarse. Todas esas semanas de pruebas y espera, se apoyó en las charlas de la doctora que la reconfortaban psicológicamente. La doctora le enseñó unas cuantas técnicas para calmar su ansiedad ya que se negó a recetarle medicación para combatirla. Nereida sentada ante el doctor esperaba su veredicto. Éste tenía los ojos clavados en su historial, dejó de examinarlo para mirar los ojos de su paciente y le comunicó su diagnosis sin perderlos de vista. Nereida tenía narcolepsia.

Nereida no sabía si eso era bueno o malo, porque desconocía de qué se trataba, exigió al doctor una explicación. El neurólogo le expuso que la narcolepsia era una alteración del sistema nervioso que afectaba a los mecanismos del sueño. Le informó sobre los recientes estudios que apoyaban la tesis que era debido a la muerte de las células hipocretinas que se hallaban en el hipotálamo y que en su lugar había una especie de tejido cicatrizado, llamado gliosis. A Nereida esa explicación le sonó a chino y evidenció su ignorancia. El neurólogo le entregó un documento donde se explicaba que era la enfermedad, incluso, se detallaban los síntomas, él se los enumeró. Inició la relación con la somnolencia diurna y la sensación de fatiga excesiva junto a los ataques de sueño; Seguidamente las cataplejías, las alucinaciones hipnagógicas y la parálisis del sueño; después prosiguió con otros síntomas que subrayó que eran secundarios, como la conducta automática y el sueño nocturno interrumpido. Nereida empezó a comprender, ella estaba familiarizada con esos síntomas, aunque necesitó que el neurólogo le aclarase lo de la conducta automática. El neurólogo lo interpretó como rutinas que uno no es consciente de que las desarrolla en el momento de su ejecución. Luego el neurólogo manifestó que la narcolepsia de momento era una enfermedad incurable, con lo cual el tratamiento era paliativo, atacaba sólo a los síntomas. Estaban haciendo unos estudios con células madres, pero aún no había ningún resultado satisfactorio. El neurólogo le recetó Modiodal para la narcolepsia y Rubifén para la cataplejía. De momento no le recetaba nada para las alucinaciones porque tenía que empezar a dominarlas, pero si se le hacía imposible controlarlas, le recetaría anafranil que no las hacía desaparecer pero ayudaba. Nereida con las manos sobres sus muslos, escuchó los consejos del doctor que le recordaba que se acostase y levantase a la misma hora, que evitase tomar excitantes y comer antes de dormir, que debía permanecer relajada antes de acostarse y que durmiese en un sitio tranquilo. Nereida se río, su casa precisamente no era tranquila, si parecía que la gente de la calle estaba en su salón. El neurólogo le pasó el documento y le sugirió que lo estudiase, y siguiese las indicaciones que había incluidas en él.

Nereida cruzada de brazos, clavó sus ojos negros sobre los del doctor, había una pregunta que rondaba su cabeza que no era capaz de pronunciar. El neurólogo animó a que la formulase. Nereida quería saber si la narcolepsia podía perjudicar su rendimiento laboral y si tenía que informar a su empresa de que la padecía, por otra parte tenía miedo de que la echasen por estar enferma, se sentía perdida. El neurólogo comprendía muy bien que le pidiese eso ya que tenía que empezar a descubrir cuales eran sus limitaciones y debía aprender a vivir con ellas. El neurólogo le aconsejó que si quería tramitar la minusvalía, podría pedir información en los servicios sociales o ambulatorios de la seguridad social.

domingo, 27 de mayo de 2012

Inconsciente (2)


Una mano se posó sobre su hombro, Nereida abrió los ojos desconcertada. Se había quedado dormida y no recordaba cuanto tiempo había pasado. Contrariada se levantó y corrió hacia su casa, avergonzada.
A las siete y media de la tarde visitaba al psiquiatra. Su consulta estaba lejos, pero decidió ir andando. A Nereida le encantaba caminar, observar las calles con esas casas antiguas, con los balcones llenos de plantas y alguna abuelita tejiendo tras la ventana, protegida por una cortina, que tal vez la abuelita misma, había bordado.
Nereida llegó a la consulta, acalorada, un poco antes de la hora. Sola, alumbrada por una tenue luz, sentada en un sillón de cuero marrón un poco deteriorado por el paso del tiempo, ojeaba unas revistas. Sobre una mesita baja de cristal, había unas cuantas antiguallas, junto a un libro de fotografías de paisajes y otro libro de fotografías de una colección de esculturas de yeso. Un hombre mayor cruzó el umbral de la puerta, y tras él una mujer un poco más joven. La mujer despidió a ese hombre con una amplia sonrisa, y se dirigió a Nereida cordialmente, señalándole la gran puerta de roble, abierta, que daba acceso a su consulta con un elegante despacho y dos preciosas sillas a opuestos lados.
La psiquiatra, a media luz, le pidió sus datos y formuló unas cuantas preguntas que Nereida respondió con rapidez. Luego, la psiquiatra le preguntó porque sospechaba que necesitaba tratamiento. Nereida le contó que últimamente tenía pesadillas, y también le esbozó por encima sus disfunciones sexuales. La psiquiatra procuraba dirigir la conversación que Nereida desordenaba.
Nereida compartió con la doctora su agotamiento, sus sueños terroríficos en que percibía la presencia de un extraño a su lado, incluso lo oía, lo olía y lo tocaba. Nereida se sentía desorientada, se despertaba agarrotada con pinchazos en la cabeza y hormigueos en las manos, no encontraba ninguna explicación al respecto. En un principio, visitó a su médico de cabecera que soltó un par de vaguedades como si ella tomase drogas o estuviese transitoriamente perturbada, con lo cual Nereida creyó más conveniente hacer caso a su amiga y visitar un psiquiatra.
La doctora estudiaba a Nereida divertida mientras Nereida le comentaba que a lo largo del día, se sentía tremendamente cansada, muy cansada, tan cansada que se dormía en horas laborales, no podía creerse que aún mantuviera su puesto de trabajo con esa conducta. Le narró otra vez las pesadillas que se sucedían con desvelos a lo largo de la noche y puntualizó que todo eso tuvo lugar antes de que Marco la dejase, que más bien Marco la había dejado a raíz de eso.
La psiquiatra no emitió ningún juicio de valor, simplemente tomó unas cuantas anotaciones y le pidió que la semana siguiente volviera a personarse en su consulta. Añadió la psiquiatra que Nereida debería apuntar todos los hechos que ella creyese relevantes porque así podrían estudiarlos en la próxima visita. Nereida se despidió de la doctora, sin saber muy bien, realmente, si esa consulta le había servido de mucho ya que algo que se revolvía en su ser le imposibilitaba confiar en ella.
De camino a casa, se sintió estúpida, creía que se había dejado muchas cosas por decir, que si la ansiedad, la angustia arraigada en su ser, la depresión, y esa sensación de muerte inminente que le sobrevenía muchas veces cuando se sobresaltaba.
Empezó a notar un dolor en el pecho, pero el corazón no palpitaba, más bien se ralentizaba. Los latidos de su corazón eran débiles, casi imperceptible, otra vez esa sensación, se estaba muriendo. Se le doblaron las rodillas y cayó desplomada en la acera, no tenía fuerzas ni para gesticular. Aunque tenía nublada la visión,  escuchaba los comentarios de la gente, nadie le ayudaba a levantarse. Se moría y no oía ninguna sirena de ambulancia, esa gentuza iba a permitir que falleciera.

domingo, 20 de mayo de 2012

Inconsciente (1)


El paseo cubierto de un manto anaranjado formado por las hojas caídas de los árboles, estaba iluminado por el ardiente sol de otoño del mediodía. Las pisadas pausadas de Nereida crujían sobre las hojas. Nereida abrigada con un gorrito de pana de color negro (cubría su melena rojiza) y una chaqueta a juego, vagaba cabizbaja inmersa en sus cavilaciones.

Últimamente, Nereida, no comprendía muy bien lo que le sucedía y se sentía deprimida. Tal vez, que Marco la dejase, había contribuido a ese sentimiento de angustia que Nereida era incapaz de dominar.

Nereida se sentía agotada y se sentó en uno de los bancos de piedra gris perla, colocados a lo largo del paseo. Intentaba evocar lo acontecido en las últimas semanas, pero las ideas eran un revoltijo de conceptos que Nereida era incapaz de relacionar entre sí.

Nereida reflexionaba los motivos por los que Marco la dejó. Nereida lo sabía muy bien. En las últimas relaciones sexuales que mantuvo con Marco, se quedaba rígida y no podía ni mover los brazos para abrazarle. Se ponía tan nerviosa que creía que se iba a morir. Nereida estaba fastidiada porque no sentía placer en esos encuentros carnales con su novio y temía ser frígida. Ocasionalmente, disfrutaba de una relación placentera con Marco, pero de repente se quedaba dormida y cuando despertaba no se acordaba de cómo y cuándo había pasado. Muchas veces si se excitaba se mareaba, la cabeza le daba vueltas y le venían unas ganas incontrolables de llorar. Marco no comprendía lo que le sucedía a Nereida, pero tampoco se esforzó para lograr ese entendimiento entre ambos. Marco empezó a sospechar, no podía evitar preguntarle a Nereida, inquisitivamente, si ésta había dejado de quererle, Nereida se sobresaltaba y se quedaba callada con el gesto descompuesto. Marco estaba harto porque decía que no se podía hablar con ella. Nereida tiesa, le escuchaba.

Nereida, después de que Marco volatilizase la burbuja, se quedó sola en casa. Por las noches sentía que alguien entraba y muchas veces pensó que era Marco que quería matarla. Tumbada en la cama no tenía fuerzas para levantarse, y eso que hacía grandes esfuerzos para moverse, pero se quedaba paralizada en tanto sentía al intruso deambular en la habitación de al lado donde estaba la cocina. No podía evitar imaginar que estaba buscando un cuchillo para clavárselo en el pecho hasta que se hundiese en su corazón. Una vez, Nereida, notó como estiraban sus sábanas y sentía como descendían hasta sus tobillos, aun cuando abrió los ojos comprobó incrédula que las sábanas permanecían en su sitio, rozándole la barbilla. Ese día constató que lo había imaginado. Aconsejada por una amiga, buscó el teléfono de un psiquiatra para que la tratase.