El paseo cubierto de un manto anaranjado formado por las hojas caídas de los árboles, estaba iluminado por el ardiente sol de otoño del mediodía. Las pisadas pausadas de Nereida crujían sobre las hojas. Nereida abrigada con un gorrito de pana de color negro (cubría su melena rojiza) y una chaqueta a juego, vagaba cabizbaja inmersa en sus cavilaciones.
Últimamente, Nereida, no comprendía muy bien lo que le sucedía y se sentía deprimida. Tal vez, que Marco la dejase, había contribuido a ese sentimiento de angustia que Nereida era incapaz de dominar.
Nereida se sentía agotada y se sentó en uno de los bancos de piedra gris perla, colocados a lo largo del paseo. Intentaba evocar lo acontecido en las últimas semanas, pero las ideas eran un revoltijo de conceptos que Nereida era incapaz de relacionar entre sí.
Nereida reflexionaba los motivos por los que Marco la dejó. Nereida lo sabía muy bien. En las últimas relaciones sexuales que mantuvo con Marco, se quedaba rígida y no podía ni mover los brazos para abrazarle. Se ponía tan nerviosa que creía que se iba a morir. Nereida estaba fastidiada porque no sentía placer en esos encuentros carnales con su novio y temía ser frígida. Ocasionalmente, disfrutaba de una relación placentera con Marco, pero de repente se quedaba dormida y cuando despertaba no se acordaba de cómo y cuándo había pasado. Muchas veces si se excitaba se mareaba, la cabeza le daba vueltas y le venían unas ganas incontrolables de llorar. Marco no comprendía lo que le sucedía a Nereida, pero tampoco se esforzó para lograr ese entendimiento entre ambos. Marco empezó a sospechar, no podía evitar preguntarle a Nereida, inquisitivamente, si ésta había dejado de quererle, Nereida se sobresaltaba y se quedaba callada con el gesto descompuesto. Marco estaba harto porque decía que no se podía hablar con ella. Nereida tiesa, le escuchaba.
Nereida, después de que Marco volatilizase la burbuja, se quedó sola en casa. Por las noches sentía que alguien entraba y muchas veces pensó que era Marco que quería matarla. Tumbada en la cama no tenía fuerzas para levantarse, y eso que hacía grandes esfuerzos para moverse, pero se quedaba paralizada en tanto sentía al intruso deambular en la habitación de al lado donde estaba la cocina. No podía evitar imaginar que estaba buscando un cuchillo para clavárselo en el pecho hasta que se hundiese en su corazón. Una vez, Nereida, notó como estiraban sus sábanas y sentía como descendían hasta sus tobillos, aun cuando abrió los ojos comprobó incrédula que las sábanas permanecían en su sitio, rozándole la barbilla. Ese día constató que lo había imaginado. Aconsejada por una amiga, buscó el teléfono de un psiquiatra para que la tratase.
Últimamente, Nereida, no comprendía muy bien lo que le sucedía y se sentía deprimida. Tal vez, que Marco la dejase, había contribuido a ese sentimiento de angustia que Nereida era incapaz de dominar.
Nereida se sentía agotada y se sentó en uno de los bancos de piedra gris perla, colocados a lo largo del paseo. Intentaba evocar lo acontecido en las últimas semanas, pero las ideas eran un revoltijo de conceptos que Nereida era incapaz de relacionar entre sí.
Nereida reflexionaba los motivos por los que Marco la dejó. Nereida lo sabía muy bien. En las últimas relaciones sexuales que mantuvo con Marco, se quedaba rígida y no podía ni mover los brazos para abrazarle. Se ponía tan nerviosa que creía que se iba a morir. Nereida estaba fastidiada porque no sentía placer en esos encuentros carnales con su novio y temía ser frígida. Ocasionalmente, disfrutaba de una relación placentera con Marco, pero de repente se quedaba dormida y cuando despertaba no se acordaba de cómo y cuándo había pasado. Muchas veces si se excitaba se mareaba, la cabeza le daba vueltas y le venían unas ganas incontrolables de llorar. Marco no comprendía lo que le sucedía a Nereida, pero tampoco se esforzó para lograr ese entendimiento entre ambos. Marco empezó a sospechar, no podía evitar preguntarle a Nereida, inquisitivamente, si ésta había dejado de quererle, Nereida se sobresaltaba y se quedaba callada con el gesto descompuesto. Marco estaba harto porque decía que no se podía hablar con ella. Nereida tiesa, le escuchaba.
Nereida, después de que Marco volatilizase la burbuja, se quedó sola en casa. Por las noches sentía que alguien entraba y muchas veces pensó que era Marco que quería matarla. Tumbada en la cama no tenía fuerzas para levantarse, y eso que hacía grandes esfuerzos para moverse, pero se quedaba paralizada en tanto sentía al intruso deambular en la habitación de al lado donde estaba la cocina. No podía evitar imaginar que estaba buscando un cuchillo para clavárselo en el pecho hasta que se hundiese en su corazón. Una vez, Nereida, notó como estiraban sus sábanas y sentía como descendían hasta sus tobillos, aun cuando abrió los ojos comprobó incrédula que las sábanas permanecían en su sitio, rozándole la barbilla. Ese día constató que lo había imaginado. Aconsejada por una amiga, buscó el teléfono de un psiquiatra para que la tratase.
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