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domingo, 6 de mayo de 2012

Displicencia


Llevaba tantas horas, Ethk Ramunc, encerrado a oscuras en ese cuartucho de dos por dos, que ni se inmutó cuando se sentó sobre su propio charco de orín. Había ahogado las fuerzas buscando una salida. Su descomunal cuerpo había caído en picado como una melodía de Sergei Rachmaninov sobre el frío suelo de su celda. Sus rebeldes rizos, pendían sobre sus brillantes ojos, donde aún albergaba una pequeña esperanza de escapar con vida.

Incluso se había acostumbrado al molesto y constante zumbido grave, que había conseguido discriminar de su percepción, la vibración transmitida por los conductos de aire (que tenían en su interior ventiladores girando a intervalos) en la pared agrietada donde estaba apoyado. A su vez, la pared, llena de manchas de humedad, se fue convirtiendo por momentos, en una tullida cama, en la que se sumergió en un psicodélico sueño de colores narcotizantes y siseos, y coros gélidos que fueron resquebrajando sus pensamientos hasta dejarle el cerebro seco, despejado, hasta quedar suspenso, en medio de la nada, flotando, en medio de una nube de gas, esperando su ejecución, una gran deflagración.

Al final, dos seres enormes, entraron en la pequeña habitación, Ethk dio un gran respingo, cuando vio que se dirigían hacia él, se sentía tan desfallecido, que uno sólo de esos calvorotas pudo reducirlo en un instante, y entre ambos lo arrastraron fuera de la húmeda y mohosa estancia en la que había estado preso tanto tiempo. No era consciente de si habían sido horas, o incluso si había sido más de un día, sólo sabía que había despertado allí, sin saber porque, tal vez ahora se le resolverían las dudas, tal vez alguien le explicaría que estaba pasando, porque había sido encerrado en esa habitación claustrofóbica, y porque ahora dos energúmenos lo arrastraban por la penumbra, a través de unos fétidos pasillos con apenas ventilación, aguantando un calor asfixiante.

Finalmente llegó a un despacho alumbrado por una pequeña lamparita que había en la mesita, que estaba puesta de tal manera, que le deslumbraba y le jodía la vista. Por lo visto, todo estaba pensado para joderle y exasperarle, querían incomodarle y lo estaban consiguiendo. No sabía como comportarse y afrontar la situación. Y sabía que todo dependía de su reacción. No podía comportarse como una nenaza, un víctima, pero tampoco como un chulito o un sabiondo, tenía que medir muy bien sus palabras, tenía que estudiar la situación, adaptarse, tenía que saber que coño pasaba, no podía perder los nervios, lo mejor que podía hacer era esperar, esperar que le dijeran que pasaba, que querían de él, era mejor no avanzar acontecimientos, no precipitarse, no mostrar miedo, ni debilidad, aunque estaba acojonado, y no tenía ni idea de cuanto podría aguantar la compostura, pero tenía que guardar las apariencias, intuía que su vida dependía de eso.

Tenía la boca seca, le rascaba la garganta, como si hubiese tragado alfileres. Se sentía dolorido, cansado, le pesaban los ojos. Molesto. Sentía como se le había dormido la pierna. Encima tenía el pantalón humedecido de haberse orinado encima. Necesitaba darse una ducha, apestaba. Sentía la piel acartonada por el sudor reseco, y se sentía grasiento por el sudor que no dejaba de emanar de su cuerpo. El pelo se le pegaba en la frente, en las sienes y en cogote. Encima, notaba que tenía mal aliento por no haber ingerido nada de alimento. Se sentía fatal. A parte, de vez en cuando, sentía algún retortijón en el estomago porque le venían ganas de ir al baño, y calambres en el pecho, por los nervios y el estrés al que estaba siendo sometido.

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