Una mano se
posó sobre su hombro, Nereida abrió los ojos desconcertada. Se había quedado
dormida y no recordaba cuanto tiempo había pasado. Contrariada se levantó y
corrió hacia su casa, avergonzada.
A las
siete y media de la tarde visitaba al psiquiatra. Su consulta estaba lejos,
pero decidió ir andando. A Nereida le encantaba caminar, observar las calles
con esas casas antiguas, con los balcones llenos de plantas y alguna abuelita
tejiendo tras la ventana, protegida por una cortina, que tal vez la abuelita
misma, había bordado.
Nereida llegó
a la consulta, acalorada, un poco antes de la hora. Sola, alumbrada por una
tenue luz, sentada en un sillón de cuero marrón un poco deteriorado por el paso
del tiempo, ojeaba unas revistas. Sobre una mesita baja de cristal, había unas
cuantas antiguallas, junto a un libro de fotografías de paisajes y otro libro
de fotografías de una colección de esculturas de yeso. Un hombre mayor cruzó el
umbral de la puerta, y tras él una mujer un poco más joven. La mujer despidió a
ese hombre con una amplia sonrisa, y se dirigió a Nereida cordialmente, señalándole
la gran puerta de roble, abierta, que daba acceso a su consulta con un elegante
despacho y dos preciosas sillas a opuestos lados.
La
psiquiatra, a media luz, le pidió sus datos y formuló unas cuantas preguntas
que Nereida respondió con rapidez. Luego, la psiquiatra le preguntó porque sospechaba
que necesitaba tratamiento. Nereida le contó que últimamente tenía pesadillas,
y también le esbozó por encima sus disfunciones sexuales. La psiquiatra
procuraba dirigir la conversación que Nereida desordenaba.
Nereida
compartió con la doctora su agotamiento, sus sueños terroríficos en que percibía
la presencia de un extraño a su lado, incluso lo oía, lo olía y lo tocaba.
Nereida se sentía desorientada, se despertaba agarrotada con pinchazos en la
cabeza y hormigueos en las manos, no encontraba ninguna explicación al
respecto. En un principio, visitó a su médico de cabecera que soltó un par de
vaguedades como si ella tomase drogas o estuviese transitoriamente perturbada,
con lo cual Nereida creyó más conveniente hacer caso a su amiga y visitar un
psiquiatra.
La doctora
estudiaba a Nereida divertida mientras Nereida le comentaba que a lo largo del
día, se sentía tremendamente cansada, muy cansada, tan cansada que se dormía en
horas laborales, no podía creerse que aún mantuviera su puesto de trabajo con
esa conducta. Le narró otra vez las pesadillas que se sucedían con desvelos a
lo largo de la noche y puntualizó que todo eso tuvo lugar antes de que Marco la
dejase, que más bien Marco la había dejado a raíz de eso.
La
psiquiatra no emitió ningún juicio de valor, simplemente tomó unas cuantas
anotaciones y le pidió que la semana siguiente volviera a personarse en su
consulta. Añadió la psiquiatra que Nereida debería apuntar todos los hechos que
ella creyese relevantes porque así podrían estudiarlos en la próxima visita.
Nereida se despidió de la doctora, sin saber muy bien, realmente, si esa
consulta le había servido de mucho ya que algo que se revolvía en su ser le
imposibilitaba confiar en ella.
De camino
a casa, se sintió estúpida, creía que se había dejado muchas cosas por decir,
que si la ansiedad, la angustia arraigada en su ser, la depresión, y esa
sensación de muerte inminente que le sobrevenía muchas veces cuando se
sobresaltaba.
Empezó a
notar un dolor en el pecho, pero el corazón no palpitaba, más bien se
ralentizaba. Los latidos de su corazón eran débiles, casi imperceptible, otra
vez esa sensación, se estaba muriendo. Se le doblaron las rodillas y cayó
desplomada en la acera, no tenía fuerzas ni para gesticular. Aunque tenía
nublada la visión, escuchaba los comentarios
de la gente, nadie le ayudaba a levantarse. Se moría y no oía ninguna sirena de
ambulancia, esa gentuza iba a permitir que falleciera.
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