En las profundidades del río me uní a las truchas, salté con ellas sobre las rocas, luchando contra la corriente.
En esos minutos, compartí mi existencia con un par de sillas vacías que parecían extraídas del museo de los horrores, a las que me uní en su juego de rodear una mesita baja, de madera oscura, para dar envidia al sofá posmodernista de colorines que iba a juego con el cenicero Gaudiniano que yacía risueño, sobre la chimenea burlona que mostraba sus fauces a la puerta chirriante que permanecía entreabierta por si tenía cojones de cruzarla.
Sentada en ese sofá, con la espalda apoyada en el respaldo, sacando humo por la boca con los ojos medio cerrados, Ariadna consumía los segundos de su eterna espera. Tenía hora con la doctora a las 19:30h, pero ya eran las 20:00h y nadie salía a recibirla.
En la mesa de madera oscura, que tenía dos cajones vacíos en sus extremos opuestos, yacían en su superficie unas revistas de fotografía extranjeras. Ariadna ojeó una de ellas que mostraba imágenes de muebles humanizados, como si fueran extraídas de un catálogo de IKEA. Otra de las revistas, cuya portada era una cara pálida deshumanizada, captó su atención. Ariadna, abstraída en las imágenes, se sobresaltó cuando la doctora posó su mano fría sobre su hombro, encontró su rostro a dos centímetros de su cara, y sólo la sonrisa le devolvió a ese mundo de realidades contraindicadas.
La cara limpia de Ariadna, no muy alejada del semblante pálido deshumanizado de la portada de la revista que había manoseado, se iluminó al recibir el saludo cordial de su doctora, que le indicó la puerta que debía franquear para pasar a la consulta. Oyó un portazo en la entrada principal que debió ser propinado por el paciente que acababa de evaporarse.
Sentada ante la doctora, Ariadna esperaba impaciente a que ésta se preparase. La luz cálida que desprendía la lamparita les daba una ambientación clandestina como si pudieran contarse secretos sin miedo a ser mancillados por algún entrometido. Después de una nueva salutación inicial, y un como estás de parte de la doctora, Ariadna empezó a narrarle los acontecimientos de la última semana. Pero a la doctora no le interesaba la enumeración de hechos, ella quería conocer las impresiones que tenía sobre ellos. Ariadna al enumerar esos hechos, evidenciaba su alejamiento con ellos, como si fueran vividos en la distancia por una persona ajena a ella. La doctora quería que se explayase con esas explicaciones, que crease un mundo como habitualmente hacía. La doctora indicó a Ariadna que por favor se mostrase más participativa, y entonces Ariadna inició una historia que quedó registrada en una cinta.
“El lunes fue uno de esos días que pasan sin darte cuenta, esos días que caen como las hojas anaranjadas de los árboles del paseo. El lunes, pasó fugazmente como una estrella que miras atrás y la evocas con cierta añoranza. Ese lunes, guié mis pasos a la filmoteca para ver un pequeño fragmento del pasado, aunque impostado era bello y recreó mis sentidos al visionarlo.
Tres butacas más atrás, mi ex estaba visionando las mismas imágenes que se me gravaban en la retina. Pero no reparé en él entonces, sino más tarde en la cafetería, fue el quien me dijo dónde había estado todo el rato, contemplándome el cogote. Estaba rodeado con los amigos que compartimos entonces, cuando escribíamos poemas en las sábanas, con nuestro sudor. Yo iba sola, aunque siempre me encontraba con alguien con quien comentaba lo visto delante de un café humeante. Después de dos años sin acercarse, ese día fue distinto, mi ex fue a mi encuentro. Recuerdo bien la sensación que me reafirmó el tinte rojo en mis mejillas, cuando mi ex me saludó cortésmente besándome sobre la capa roja que había florecido en una de ellas. Estaba acalorada con el corazón palpitante.
No sé que demonios estrujó mi mente, y aunque como una esponja se estrujaba no había líquido que sacara. Mi esponja estaba reseca y él no podía humedecerla. No brotaban palabras de mis labios, más bien monosílabos entrecortados. Es tan fuerte el poder destructivo que ejerce sobre mí, no puedo olvidar el infierno en el que me hizo arder como una bruja condenada, injustamente, en la edad media. Si me hubiese pinchado con una aguja no hubiese logrado sacarme sangre, estaba vacía, tanto física como mentalmente”.
Ariadna, con los ojos abiertos sobre un peluche que reposaba sobre el despacho de la doctora, le preguntó educadamente a ésta si podía servirle un vaso de agua. La doctora soltó un como no agradable y desapareció tras la puerta en busca de agua con la que humedecer su garganta.
Últimamente Ariadna había vuelto a llorar. Lloraba incontrolablemente como presa por un ataque de ansiedad. Clavaba sus uñas sobre sus muslos enfundados en unos tejanos estrechos y apretaba sus deditos contra su carne como si el dolor fuera a devolverla a la realidad y no a esas ensoñaciones que tanto la maltrataban. Ariadna cogió un trozo de papel del rollo medio acabado que había sobre el escritorio. La doctora no le decía nada, y si hablaba era para preguntar. Pero no afirmaba ni negaba nada, no ofrecía una respuesta o bien una solución al problema formulado, más bien incidía con sus preguntas sobre el tema. Ariadna creía que era una técnica de la doctora basada en la auto-reflexión, como si el mero hecho de pensar en ello por parte de la paciente, conllevara a que su propio intelecto, el de la paciente, fuese a regalarle a la paciente, una respuesta.
Perdida estaba Ariadna, con sus ataques de ansiedad y su malhumor. Su sentimiento de fracaso y su comportamiento auto-destructivo. Ariadna suponía que se merecía todo lo que le sucedía, lo bueno y lo malo. Se culpabilizaba, y se maltrataba golpeándose en la cabeza cuando la rabia nublaba su mente.
La doctora le preguntó por sus sueños, sus miedos y su ideales. Ariadna vació el vaso de agua de un sorbo y pasó su lengua sobre sus labios, inconscientemente.
“Doctora, últimamente no sueño. Sobre los miedos, le temo a todo. Detesto ir a trabajar por las mañanas porque observo la falta de dignidad de las personas cuando pasean su mala hostia por el metro. Odio mi trabajo porque no comprendo la finalidad de éste, o bien la finalidad de éste, está tan alejada de mí que lo aborrezco. Yo preferiría escribir poemas, pero no se considera una profesión, la gente que me rodea me subraya que escribiendo poemas no llenaré la nevera ni pagaré mis facturas, pero me siento tan vacía trabajando en un trabajo que me debilita por que no me dice nada, supongo que antes una profesión decía mucho de una persona, pero ahora que no eliges más bien te eligen, la profesión más que definirme me esclaviza.
¿A cerca de mis ideales? Me encantaría poder abandonar a mi familia. Mi madre vive pendiente de su madre, y yo no puedo vivir pendiente de ella. El otro día, cuando mi padre y mi hermano la reñimos porque estaba demasiado ocupada con su madre, teniendo hermanos con quien compartir esa tarea, alegó que ella no trabajaba y que podía hacerse cargo de la vieja. Mi hermano le recriminó que si ella no trabajaba no era porque no quisiera, sino porque había un médico que le aconsejaba que no lo hiciera. Mi madre está enferma, y si empeora… ¿Quién la va cuidar? Ella dijo que yo, pero yo no quiero estar pendiente de ella, ya se lo he dicho. Estoy harta de ser una mala actriz que interpreta el papel secundario de su propia vida.
¿Ideales? Me gustaría largarme, pero no se donde. Supongo que lejos del influjo de mi madre, o bien lejos de la esclavitud donde desemboca mi inercia”.
Una lágrima afloró de su brillante ojo y descendió por su mejilla hasta besar la comisura de sus labios. El papel arrugado que sostenía sobre sus manos, sirvió para volver a secar esas lágrimas que sus ojos desprendían. Siempre la misma parrafada escupía su boca, era una idea obsesiva que siempre repetía. La doctora no era la primera vez que lo escuchaba, ni la primera vez que veía como esas palabras provocaban el llanto incontrolable en su paciente. La doctora le había recetado un tranquilizante por el estado de nerviosismo en el que Ariadna se regocijaba. Su problema era debido a la castración, pero también a su propia castración. La doctora no le podía decir, Ariadna estás castrada, descástrate. Era Ariadna quien tenía que mirar por su bien, y tomar esa decisión, romper con lo que la mantenía presa, pero allí seguía, delante de ella, llorando por las mismas cosas, atrapada en esa inercia que la engullía, o al menos eso le manifestaba Ariadna.
Realmente, la doctora, un día esperaba que Ariadna le confesase que nunca más iría a su consulta, que había logrado vencer su miedo y se iba a algún sitio a comenzar su propia vida. Esperaba ese día con ansia, el día en que Ariadna rompiera con todo y recobrara el protagonismo del cartel de la obra de su vida. La doctora había leído sus poemas y le parecían hermosos, no comprendía que Ariadna se encerrase en un mundo de sombras si estaba asomada al mundo de las ideas. Ariadna era tan sensible, tan inteligente, tan bella pero se menospreciaba, y era incapaz de ver en ella lo que la doctora le veía. La doctora le preguntó por sus planes, sin involucrarse.
“Si tuviese dinero me compraría una casita en Segovia. Viviría en el campo, alejada de la ciudad, no obstante son sueños rotos, la realidad me golpea en la cara cada vez que me miro en el espejo. Supongo que permaneceré en la empresa donde desempeño una tarea absurda, consumiré mis días hasta que encuentre un compañero que los consuma conmigo… A veces tengo tanta envidia de Dostoievski, tal vez su espejo también le mancillaba la cara y se resbalaba por las rocas que sobresalían del río inercia… Quien sabe, a lo mejor debería buscar en sus libros la forma de no ser una rata del subsuelo, royendo la escoria de mundo prefabricado que me entierra en vida. Sé que podría vivir en la superficie, pero los hombres con garrotes esperan que asome mi cabecita”.
Tanto la doctora como la paciente se rieron por esas últimas palabras. La doctora visualizó a un ente maligno esperando a que floreciese la cabeza de Ariadna para atestarle un golpe que la devolviese a las profundidades. Lo malo de Ariadna, es que no había visto su cara reflejada en ese hombre, era ella misma quien se esperaba con el garrote. Ariadna negaba su propia felicidad, y temía por su vida. La doctora intuía que si Ariadna no volvía, no sería porque se hubiese liberado como ella esperaba, sino porque habría cortado la cuerda que le une a uno a la vida.
Ariadna no quería renunciar a su felicidad, aunque le costase su libertad. Un día Ariadna lo había dicho, lo había entrevisto en un pensamiento fugaz que le carcomió las entrañas. Explicó muy bien a la doctora que la felicidad era fruto de la ignorancia, pero que una vez que te percatabas de la realidad que te rodeaba, se apoderaba de ti una sensación de infelicidad corrosiva capaz de corromper la carne que cubre los huesos. Ella quería ser ignorante para ser feliz, pero ella no se daba cuenta que no podía volver atrás, tenía que aprender a vivir con ello. Ella había descubierto los intríngulis de la existencia humana, no podía borrar ese conocimiento de su mente, la única manera sería siendo afásica, pero eso no se elige, eso se tiene o no se tiene, uno no puede provocárselo.
El reloj marcó la hora de acabar con la sesión. La doctora percibía perfectamente que estaban en punto muerto. No avanzaban pero tampoco retrocedían. La doctora la citó para la semana siguiente, el mismo día de la semana y a la misma hora. Le pidió que por favor escribiera un escrito con sus emociones para que se lo leyese. A lo mejor leyéndose se comprendía, que mejor que buscar en Dostoievski que buscar en sí misma. La doctora acompañó a Ariadna hasta la puerta con una amplia sonrisa, le aconsejaba que no se cortase en su escrito ni el número de hojas ni en su contenido. Le pidió que enfocase el tema de su madre, si veía alguna obligación con ella, o bien, si se sentía identificada con ella, no fuera que creyese que era una prolongación de su madre. Que escribiese también sobre su ex ya que aún le desmoronaba los cimientos sobre los que construía, no fuese que la no superación de esa relación por no haber pasado página le impidiese relacionarse con nueva gente. Y por último que hablase de su trabajo, y que buscase dentro de ella algo que la ligase. Que se definiese a través de su trabajo, que buscase algo, que la obligase a quedarse.
Ariadna después de tomar nota y despedirse, cerró la puerta tras sus espaldas. Bajó las escaleras que conducían a la calle. Por fin, en la calle, tomó una bocanada de aire espeso, hasta el aire estaba enrarecido en esa gran ciudad de grandes barcazas contaminantes. Abrigada y encorvada se dirigió a la boca del metro, para reencontrarse con la falta de urbanismo de los seres histéricos que allí concurrían. Pero había cosas peores, los días de lluvia con los paraguas punzantes que se clavaban en el ojo. La gente tenía tan poco reparo con los seres que compartían con ellos su entorno. Ella sabía que si permanecía en esa ciudad, seguirían disfrutando de lo peor de ella, un día se volvería loca y rebanaría algún cuello, la verdad es que le encantaría hacerlo, así borraría de la faz de la tierra otro ser patético que como ella navegaba por las abruptas aguas del río inercia.
En esos minutos, compartí mi existencia con un par de sillas vacías que parecían extraídas del museo de los horrores, a las que me uní en su juego de rodear una mesita baja, de madera oscura, para dar envidia al sofá posmodernista de colorines que iba a juego con el cenicero Gaudiniano que yacía risueño, sobre la chimenea burlona que mostraba sus fauces a la puerta chirriante que permanecía entreabierta por si tenía cojones de cruzarla.
Sentada en ese sofá, con la espalda apoyada en el respaldo, sacando humo por la boca con los ojos medio cerrados, Ariadna consumía los segundos de su eterna espera. Tenía hora con la doctora a las 19:30h, pero ya eran las 20:00h y nadie salía a recibirla.
En la mesa de madera oscura, que tenía dos cajones vacíos en sus extremos opuestos, yacían en su superficie unas revistas de fotografía extranjeras. Ariadna ojeó una de ellas que mostraba imágenes de muebles humanizados, como si fueran extraídas de un catálogo de IKEA. Otra de las revistas, cuya portada era una cara pálida deshumanizada, captó su atención. Ariadna, abstraída en las imágenes, se sobresaltó cuando la doctora posó su mano fría sobre su hombro, encontró su rostro a dos centímetros de su cara, y sólo la sonrisa le devolvió a ese mundo de realidades contraindicadas.
La cara limpia de Ariadna, no muy alejada del semblante pálido deshumanizado de la portada de la revista que había manoseado, se iluminó al recibir el saludo cordial de su doctora, que le indicó la puerta que debía franquear para pasar a la consulta. Oyó un portazo en la entrada principal que debió ser propinado por el paciente que acababa de evaporarse.
Sentada ante la doctora, Ariadna esperaba impaciente a que ésta se preparase. La luz cálida que desprendía la lamparita les daba una ambientación clandestina como si pudieran contarse secretos sin miedo a ser mancillados por algún entrometido. Después de una nueva salutación inicial, y un como estás de parte de la doctora, Ariadna empezó a narrarle los acontecimientos de la última semana. Pero a la doctora no le interesaba la enumeración de hechos, ella quería conocer las impresiones que tenía sobre ellos. Ariadna al enumerar esos hechos, evidenciaba su alejamiento con ellos, como si fueran vividos en la distancia por una persona ajena a ella. La doctora quería que se explayase con esas explicaciones, que crease un mundo como habitualmente hacía. La doctora indicó a Ariadna que por favor se mostrase más participativa, y entonces Ariadna inició una historia que quedó registrada en una cinta.
“El lunes fue uno de esos días que pasan sin darte cuenta, esos días que caen como las hojas anaranjadas de los árboles del paseo. El lunes, pasó fugazmente como una estrella que miras atrás y la evocas con cierta añoranza. Ese lunes, guié mis pasos a la filmoteca para ver un pequeño fragmento del pasado, aunque impostado era bello y recreó mis sentidos al visionarlo.
Tres butacas más atrás, mi ex estaba visionando las mismas imágenes que se me gravaban en la retina. Pero no reparé en él entonces, sino más tarde en la cafetería, fue el quien me dijo dónde había estado todo el rato, contemplándome el cogote. Estaba rodeado con los amigos que compartimos entonces, cuando escribíamos poemas en las sábanas, con nuestro sudor. Yo iba sola, aunque siempre me encontraba con alguien con quien comentaba lo visto delante de un café humeante. Después de dos años sin acercarse, ese día fue distinto, mi ex fue a mi encuentro. Recuerdo bien la sensación que me reafirmó el tinte rojo en mis mejillas, cuando mi ex me saludó cortésmente besándome sobre la capa roja que había florecido en una de ellas. Estaba acalorada con el corazón palpitante.
No sé que demonios estrujó mi mente, y aunque como una esponja se estrujaba no había líquido que sacara. Mi esponja estaba reseca y él no podía humedecerla. No brotaban palabras de mis labios, más bien monosílabos entrecortados. Es tan fuerte el poder destructivo que ejerce sobre mí, no puedo olvidar el infierno en el que me hizo arder como una bruja condenada, injustamente, en la edad media. Si me hubiese pinchado con una aguja no hubiese logrado sacarme sangre, estaba vacía, tanto física como mentalmente”.
Ariadna, con los ojos abiertos sobre un peluche que reposaba sobre el despacho de la doctora, le preguntó educadamente a ésta si podía servirle un vaso de agua. La doctora soltó un como no agradable y desapareció tras la puerta en busca de agua con la que humedecer su garganta.
Últimamente Ariadna había vuelto a llorar. Lloraba incontrolablemente como presa por un ataque de ansiedad. Clavaba sus uñas sobre sus muslos enfundados en unos tejanos estrechos y apretaba sus deditos contra su carne como si el dolor fuera a devolverla a la realidad y no a esas ensoñaciones que tanto la maltrataban. Ariadna cogió un trozo de papel del rollo medio acabado que había sobre el escritorio. La doctora no le decía nada, y si hablaba era para preguntar. Pero no afirmaba ni negaba nada, no ofrecía una respuesta o bien una solución al problema formulado, más bien incidía con sus preguntas sobre el tema. Ariadna creía que era una técnica de la doctora basada en la auto-reflexión, como si el mero hecho de pensar en ello por parte de la paciente, conllevara a que su propio intelecto, el de la paciente, fuese a regalarle a la paciente, una respuesta.
Perdida estaba Ariadna, con sus ataques de ansiedad y su malhumor. Su sentimiento de fracaso y su comportamiento auto-destructivo. Ariadna suponía que se merecía todo lo que le sucedía, lo bueno y lo malo. Se culpabilizaba, y se maltrataba golpeándose en la cabeza cuando la rabia nublaba su mente.
La doctora le preguntó por sus sueños, sus miedos y su ideales. Ariadna vació el vaso de agua de un sorbo y pasó su lengua sobre sus labios, inconscientemente.
“Doctora, últimamente no sueño. Sobre los miedos, le temo a todo. Detesto ir a trabajar por las mañanas porque observo la falta de dignidad de las personas cuando pasean su mala hostia por el metro. Odio mi trabajo porque no comprendo la finalidad de éste, o bien la finalidad de éste, está tan alejada de mí que lo aborrezco. Yo preferiría escribir poemas, pero no se considera una profesión, la gente que me rodea me subraya que escribiendo poemas no llenaré la nevera ni pagaré mis facturas, pero me siento tan vacía trabajando en un trabajo que me debilita por que no me dice nada, supongo que antes una profesión decía mucho de una persona, pero ahora que no eliges más bien te eligen, la profesión más que definirme me esclaviza.
¿A cerca de mis ideales? Me encantaría poder abandonar a mi familia. Mi madre vive pendiente de su madre, y yo no puedo vivir pendiente de ella. El otro día, cuando mi padre y mi hermano la reñimos porque estaba demasiado ocupada con su madre, teniendo hermanos con quien compartir esa tarea, alegó que ella no trabajaba y que podía hacerse cargo de la vieja. Mi hermano le recriminó que si ella no trabajaba no era porque no quisiera, sino porque había un médico que le aconsejaba que no lo hiciera. Mi madre está enferma, y si empeora… ¿Quién la va cuidar? Ella dijo que yo, pero yo no quiero estar pendiente de ella, ya se lo he dicho. Estoy harta de ser una mala actriz que interpreta el papel secundario de su propia vida.
¿Ideales? Me gustaría largarme, pero no se donde. Supongo que lejos del influjo de mi madre, o bien lejos de la esclavitud donde desemboca mi inercia”.
Una lágrima afloró de su brillante ojo y descendió por su mejilla hasta besar la comisura de sus labios. El papel arrugado que sostenía sobre sus manos, sirvió para volver a secar esas lágrimas que sus ojos desprendían. Siempre la misma parrafada escupía su boca, era una idea obsesiva que siempre repetía. La doctora no era la primera vez que lo escuchaba, ni la primera vez que veía como esas palabras provocaban el llanto incontrolable en su paciente. La doctora le había recetado un tranquilizante por el estado de nerviosismo en el que Ariadna se regocijaba. Su problema era debido a la castración, pero también a su propia castración. La doctora no le podía decir, Ariadna estás castrada, descástrate. Era Ariadna quien tenía que mirar por su bien, y tomar esa decisión, romper con lo que la mantenía presa, pero allí seguía, delante de ella, llorando por las mismas cosas, atrapada en esa inercia que la engullía, o al menos eso le manifestaba Ariadna.
Realmente, la doctora, un día esperaba que Ariadna le confesase que nunca más iría a su consulta, que había logrado vencer su miedo y se iba a algún sitio a comenzar su propia vida. Esperaba ese día con ansia, el día en que Ariadna rompiera con todo y recobrara el protagonismo del cartel de la obra de su vida. La doctora había leído sus poemas y le parecían hermosos, no comprendía que Ariadna se encerrase en un mundo de sombras si estaba asomada al mundo de las ideas. Ariadna era tan sensible, tan inteligente, tan bella pero se menospreciaba, y era incapaz de ver en ella lo que la doctora le veía. La doctora le preguntó por sus planes, sin involucrarse.
“Si tuviese dinero me compraría una casita en Segovia. Viviría en el campo, alejada de la ciudad, no obstante son sueños rotos, la realidad me golpea en la cara cada vez que me miro en el espejo. Supongo que permaneceré en la empresa donde desempeño una tarea absurda, consumiré mis días hasta que encuentre un compañero que los consuma conmigo… A veces tengo tanta envidia de Dostoievski, tal vez su espejo también le mancillaba la cara y se resbalaba por las rocas que sobresalían del río inercia… Quien sabe, a lo mejor debería buscar en sus libros la forma de no ser una rata del subsuelo, royendo la escoria de mundo prefabricado que me entierra en vida. Sé que podría vivir en la superficie, pero los hombres con garrotes esperan que asome mi cabecita”.
Tanto la doctora como la paciente se rieron por esas últimas palabras. La doctora visualizó a un ente maligno esperando a que floreciese la cabeza de Ariadna para atestarle un golpe que la devolviese a las profundidades. Lo malo de Ariadna, es que no había visto su cara reflejada en ese hombre, era ella misma quien se esperaba con el garrote. Ariadna negaba su propia felicidad, y temía por su vida. La doctora intuía que si Ariadna no volvía, no sería porque se hubiese liberado como ella esperaba, sino porque habría cortado la cuerda que le une a uno a la vida.
Ariadna no quería renunciar a su felicidad, aunque le costase su libertad. Un día Ariadna lo había dicho, lo había entrevisto en un pensamiento fugaz que le carcomió las entrañas. Explicó muy bien a la doctora que la felicidad era fruto de la ignorancia, pero que una vez que te percatabas de la realidad que te rodeaba, se apoderaba de ti una sensación de infelicidad corrosiva capaz de corromper la carne que cubre los huesos. Ella quería ser ignorante para ser feliz, pero ella no se daba cuenta que no podía volver atrás, tenía que aprender a vivir con ello. Ella había descubierto los intríngulis de la existencia humana, no podía borrar ese conocimiento de su mente, la única manera sería siendo afásica, pero eso no se elige, eso se tiene o no se tiene, uno no puede provocárselo.
El reloj marcó la hora de acabar con la sesión. La doctora percibía perfectamente que estaban en punto muerto. No avanzaban pero tampoco retrocedían. La doctora la citó para la semana siguiente, el mismo día de la semana y a la misma hora. Le pidió que por favor escribiera un escrito con sus emociones para que se lo leyese. A lo mejor leyéndose se comprendía, que mejor que buscar en Dostoievski que buscar en sí misma. La doctora acompañó a Ariadna hasta la puerta con una amplia sonrisa, le aconsejaba que no se cortase en su escrito ni el número de hojas ni en su contenido. Le pidió que enfocase el tema de su madre, si veía alguna obligación con ella, o bien, si se sentía identificada con ella, no fuera que creyese que era una prolongación de su madre. Que escribiese también sobre su ex ya que aún le desmoronaba los cimientos sobre los que construía, no fuese que la no superación de esa relación por no haber pasado página le impidiese relacionarse con nueva gente. Y por último que hablase de su trabajo, y que buscase dentro de ella algo que la ligase. Que se definiese a través de su trabajo, que buscase algo, que la obligase a quedarse.
Ariadna después de tomar nota y despedirse, cerró la puerta tras sus espaldas. Bajó las escaleras que conducían a la calle. Por fin, en la calle, tomó una bocanada de aire espeso, hasta el aire estaba enrarecido en esa gran ciudad de grandes barcazas contaminantes. Abrigada y encorvada se dirigió a la boca del metro, para reencontrarse con la falta de urbanismo de los seres histéricos que allí concurrían. Pero había cosas peores, los días de lluvia con los paraguas punzantes que se clavaban en el ojo. La gente tenía tan poco reparo con los seres que compartían con ellos su entorno. Ella sabía que si permanecía en esa ciudad, seguirían disfrutando de lo peor de ella, un día se volvería loca y rebanaría algún cuello, la verdad es que le encantaría hacerlo, así borraría de la faz de la tierra otro ser patético que como ella navegaba por las abruptas aguas del río inercia.
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