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domingo, 27 de mayo de 2012

Inconsciente (2)


Una mano se posó sobre su hombro, Nereida abrió los ojos desconcertada. Se había quedado dormida y no recordaba cuanto tiempo había pasado. Contrariada se levantó y corrió hacia su casa, avergonzada.
A las siete y media de la tarde visitaba al psiquiatra. Su consulta estaba lejos, pero decidió ir andando. A Nereida le encantaba caminar, observar las calles con esas casas antiguas, con los balcones llenos de plantas y alguna abuelita tejiendo tras la ventana, protegida por una cortina, que tal vez la abuelita misma, había bordado.
Nereida llegó a la consulta, acalorada, un poco antes de la hora. Sola, alumbrada por una tenue luz, sentada en un sillón de cuero marrón un poco deteriorado por el paso del tiempo, ojeaba unas revistas. Sobre una mesita baja de cristal, había unas cuantas antiguallas, junto a un libro de fotografías de paisajes y otro libro de fotografías de una colección de esculturas de yeso. Un hombre mayor cruzó el umbral de la puerta, y tras él una mujer un poco más joven. La mujer despidió a ese hombre con una amplia sonrisa, y se dirigió a Nereida cordialmente, señalándole la gran puerta de roble, abierta, que daba acceso a su consulta con un elegante despacho y dos preciosas sillas a opuestos lados.
La psiquiatra, a media luz, le pidió sus datos y formuló unas cuantas preguntas que Nereida respondió con rapidez. Luego, la psiquiatra le preguntó porque sospechaba que necesitaba tratamiento. Nereida le contó que últimamente tenía pesadillas, y también le esbozó por encima sus disfunciones sexuales. La psiquiatra procuraba dirigir la conversación que Nereida desordenaba.
Nereida compartió con la doctora su agotamiento, sus sueños terroríficos en que percibía la presencia de un extraño a su lado, incluso lo oía, lo olía y lo tocaba. Nereida se sentía desorientada, se despertaba agarrotada con pinchazos en la cabeza y hormigueos en las manos, no encontraba ninguna explicación al respecto. En un principio, visitó a su médico de cabecera que soltó un par de vaguedades como si ella tomase drogas o estuviese transitoriamente perturbada, con lo cual Nereida creyó más conveniente hacer caso a su amiga y visitar un psiquiatra.
La doctora estudiaba a Nereida divertida mientras Nereida le comentaba que a lo largo del día, se sentía tremendamente cansada, muy cansada, tan cansada que se dormía en horas laborales, no podía creerse que aún mantuviera su puesto de trabajo con esa conducta. Le narró otra vez las pesadillas que se sucedían con desvelos a lo largo de la noche y puntualizó que todo eso tuvo lugar antes de que Marco la dejase, que más bien Marco la había dejado a raíz de eso.
La psiquiatra no emitió ningún juicio de valor, simplemente tomó unas cuantas anotaciones y le pidió que la semana siguiente volviera a personarse en su consulta. Añadió la psiquiatra que Nereida debería apuntar todos los hechos que ella creyese relevantes porque así podrían estudiarlos en la próxima visita. Nereida se despidió de la doctora, sin saber muy bien, realmente, si esa consulta le había servido de mucho ya que algo que se revolvía en su ser le imposibilitaba confiar en ella.
De camino a casa, se sintió estúpida, creía que se había dejado muchas cosas por decir, que si la ansiedad, la angustia arraigada en su ser, la depresión, y esa sensación de muerte inminente que le sobrevenía muchas veces cuando se sobresaltaba.
Empezó a notar un dolor en el pecho, pero el corazón no palpitaba, más bien se ralentizaba. Los latidos de su corazón eran débiles, casi imperceptible, otra vez esa sensación, se estaba muriendo. Se le doblaron las rodillas y cayó desplomada en la acera, no tenía fuerzas ni para gesticular. Aunque tenía nublada la visión,  escuchaba los comentarios de la gente, nadie le ayudaba a levantarse. Se moría y no oía ninguna sirena de ambulancia, esa gentuza iba a permitir que falleciera.

domingo, 20 de mayo de 2012

Inconsciente (1)


El paseo cubierto de un manto anaranjado formado por las hojas caídas de los árboles, estaba iluminado por el ardiente sol de otoño del mediodía. Las pisadas pausadas de Nereida crujían sobre las hojas. Nereida abrigada con un gorrito de pana de color negro (cubría su melena rojiza) y una chaqueta a juego, vagaba cabizbaja inmersa en sus cavilaciones.

Últimamente, Nereida, no comprendía muy bien lo que le sucedía y se sentía deprimida. Tal vez, que Marco la dejase, había contribuido a ese sentimiento de angustia que Nereida era incapaz de dominar.

Nereida se sentía agotada y se sentó en uno de los bancos de piedra gris perla, colocados a lo largo del paseo. Intentaba evocar lo acontecido en las últimas semanas, pero las ideas eran un revoltijo de conceptos que Nereida era incapaz de relacionar entre sí.

Nereida reflexionaba los motivos por los que Marco la dejó. Nereida lo sabía muy bien. En las últimas relaciones sexuales que mantuvo con Marco, se quedaba rígida y no podía ni mover los brazos para abrazarle. Se ponía tan nerviosa que creía que se iba a morir. Nereida estaba fastidiada porque no sentía placer en esos encuentros carnales con su novio y temía ser frígida. Ocasionalmente, disfrutaba de una relación placentera con Marco, pero de repente se quedaba dormida y cuando despertaba no se acordaba de cómo y cuándo había pasado. Muchas veces si se excitaba se mareaba, la cabeza le daba vueltas y le venían unas ganas incontrolables de llorar. Marco no comprendía lo que le sucedía a Nereida, pero tampoco se esforzó para lograr ese entendimiento entre ambos. Marco empezó a sospechar, no podía evitar preguntarle a Nereida, inquisitivamente, si ésta había dejado de quererle, Nereida se sobresaltaba y se quedaba callada con el gesto descompuesto. Marco estaba harto porque decía que no se podía hablar con ella. Nereida tiesa, le escuchaba.

Nereida, después de que Marco volatilizase la burbuja, se quedó sola en casa. Por las noches sentía que alguien entraba y muchas veces pensó que era Marco que quería matarla. Tumbada en la cama no tenía fuerzas para levantarse, y eso que hacía grandes esfuerzos para moverse, pero se quedaba paralizada en tanto sentía al intruso deambular en la habitación de al lado donde estaba la cocina. No podía evitar imaginar que estaba buscando un cuchillo para clavárselo en el pecho hasta que se hundiese en su corazón. Una vez, Nereida, notó como estiraban sus sábanas y sentía como descendían hasta sus tobillos, aun cuando abrió los ojos comprobó incrédula que las sábanas permanecían en su sitio, rozándole la barbilla. Ese día constató que lo había imaginado. Aconsejada por una amiga, buscó el teléfono de un psiquiatra para que la tratase.

domingo, 13 de mayo de 2012

Lividez


En las profundidades del río me uní a las truchas, salté con ellas sobre las rocas, luchando contra la corriente.

En esos minutos, compartí mi existencia con un par de sillas vacías que parecían extraídas del museo de los horrores, a las que me uní en su juego de rodear una mesita baja, de madera oscura, para dar envidia al sofá posmodernista de colorines que iba a juego con el cenicero Gaudiniano que yacía risueño, sobre la chimenea burlona que mostraba sus fauces a la puerta chirriante que permanecía entreabierta por si tenía cojones de cruzarla.

Sentada en ese sofá, con la espalda apoyada en el respaldo, sacando humo por la boca con los ojos medio cerrados, Ariadna consumía los segundos de su eterna espera. Tenía hora con la doctora a las 19:30h, pero ya eran las 20:00h y nadie salía a recibirla.

En la mesa de madera oscura, que tenía dos cajones vacíos en sus extremos opuestos, yacían en su superficie unas revistas de fotografía extranjeras. Ariadna ojeó una de ellas que mostraba imágenes de muebles humanizados, como si fueran extraídas de un catálogo de IKEA. Otra de las revistas, cuya portada era una cara pálida deshumanizada, captó su atención. Ariadna, abstraída en las imágenes, se sobresaltó cuando la doctora posó su mano fría sobre su hombro, encontró su rostro a dos centímetros de su cara, y sólo la sonrisa le devolvió a ese mundo de realidades contraindicadas.

La cara limpia de Ariadna, no muy alejada del semblante pálido deshumanizado de la portada de la revista que había manoseado, se iluminó al recibir el saludo cordial de su doctora, que le indicó la puerta que debía franquear para pasar a la consulta. Oyó un portazo en la entrada principal que debió ser propinado por el paciente que acababa de evaporarse.

Sentada ante la doctora, Ariadna esperaba impaciente a que ésta se preparase. La luz cálida que desprendía la lamparita les daba una ambientación clandestina como si pudieran contarse secretos sin miedo a ser mancillados por algún entrometido. Después de una nueva salutación inicial, y un como estás de parte de la doctora, Ariadna empezó a narrarle los acontecimientos de la última semana. Pero a la doctora no le interesaba la enumeración de hechos, ella quería conocer las impresiones que tenía sobre ellos. Ariadna al enumerar esos hechos, evidenciaba su alejamiento con ellos, como si fueran vividos en la distancia por una persona ajena a ella. La doctora quería que se explayase con esas explicaciones, que crease un mundo como habitualmente hacía. La doctora indicó a Ariadna que por favor se mostrase más participativa, y entonces Ariadna inició una historia que quedó registrada en una cinta.

“El lunes fue uno de esos días que pasan sin darte cuenta, esos días que caen como las hojas anaranjadas de los árboles del paseo. El lunes, pasó fugazmente como una estrella que miras atrás y la evocas con cierta añoranza. Ese lunes, guié mis pasos a la filmoteca para ver un pequeño fragmento del pasado, aunque impostado era bello y recreó mis sentidos al visionarlo.

Tres butacas más atrás, mi ex estaba visionando las mismas imágenes que se me gravaban en la retina. Pero no reparé en él entonces, sino más tarde en la cafetería, fue el quien me dijo dónde había estado todo el rato, contemplándome el cogote. Estaba rodeado con los amigos que compartimos entonces, cuando escribíamos poemas en las sábanas, con nuestro sudor. Yo iba sola, aunque siempre me encontraba con alguien con quien comentaba lo visto delante de un café humeante. Después de dos años sin acercarse, ese día fue distinto, mi ex fue a mi encuentro. Recuerdo bien la sensación que me reafirmó el tinte rojo en mis mejillas, cuando mi ex me saludó cortésmente besándome sobre la capa roja que había florecido en una de ellas. Estaba acalorada con el corazón palpitante.

No sé que demonios estrujó mi mente, y aunque como una esponja se estrujaba no había líquido que sacara. Mi esponja estaba reseca y él no podía humedecerla. No brotaban palabras de mis labios, más bien monosílabos entrecortados. Es tan fuerte el poder destructivo que ejerce sobre mí, no puedo olvidar el infierno en el que me hizo arder como una bruja condenada, injustamente, en la edad media. Si me hubiese pinchado con una aguja no hubiese logrado sacarme sangre, estaba vacía, tanto física como mentalmente”.

Ariadna, con los ojos abiertos sobre un peluche que reposaba sobre el despacho de la doctora, le preguntó educadamente a ésta si podía servirle un vaso de agua. La doctora soltó un como no agradable y desapareció tras la puerta en busca de agua con la que humedecer su garganta.

Últimamente Ariadna había vuelto a llorar. Lloraba incontrolablemente como presa por un ataque de ansiedad. Clavaba sus uñas sobre sus muslos enfundados en unos tejanos estrechos y apretaba sus deditos contra su carne como si el dolor fuera a devolverla a la realidad y no a esas ensoñaciones que tanto la maltrataban. Ariadna cogió un trozo de papel del rollo medio acabado que había sobre el escritorio. La doctora no le decía nada, y si hablaba era para preguntar. Pero no afirmaba ni negaba nada, no ofrecía una respuesta o bien una solución al problema formulado, más bien incidía con sus preguntas sobre el tema. Ariadna creía que era una técnica de la doctora basada en la auto-reflexión, como si el mero hecho de pensar en ello por parte de la paciente, conllevara a que su propio intelecto, el de la paciente, fuese a regalarle a la paciente, una respuesta.

Perdida estaba Ariadna, con sus ataques de ansiedad y su malhumor. Su sentimiento de fracaso y su comportamiento auto-destructivo. Ariadna suponía que se merecía todo lo que le sucedía, lo bueno y lo malo. Se culpabilizaba, y se maltrataba golpeándose en la cabeza cuando la rabia nublaba su mente.

La doctora le preguntó por sus sueños, sus miedos y su ideales. Ariadna vació el vaso de agua de un sorbo y pasó su lengua sobre sus labios, inconscientemente.

“Doctora, últimamente no sueño. Sobre los miedos, le temo a todo. Detesto ir a trabajar por las mañanas porque observo la falta de dignidad de las personas cuando pasean su mala hostia por el metro. Odio mi trabajo porque no comprendo la finalidad de éste, o bien la finalidad de éste, está tan alejada de mí que lo aborrezco. Yo preferiría escribir poemas, pero no se considera una profesión, la gente que me rodea me subraya que escribiendo poemas no llenaré la nevera ni pagaré mis facturas, pero me siento tan vacía trabajando en un trabajo que me debilita por que no me dice nada, supongo que antes una profesión decía mucho de una persona, pero ahora que no eliges más bien te eligen, la profesión más que definirme me esclaviza.

¿A cerca de mis ideales? Me encantaría poder abandonar a mi familia. Mi madre vive pendiente de su madre, y yo no puedo vivir pendiente de ella. El otro día, cuando mi padre y mi hermano la reñimos porque estaba demasiado ocupada con su madre, teniendo hermanos con quien compartir esa tarea, alegó que ella no trabajaba y que podía hacerse cargo de la vieja. Mi hermano le recriminó que si ella no trabajaba no era porque no quisiera, sino porque había un médico que le aconsejaba que no lo hiciera. Mi madre está enferma, y si empeora… ¿Quién la va cuidar? Ella dijo que yo, pero yo no quiero estar pendiente de ella, ya se lo he dicho. Estoy harta de ser una mala actriz que interpreta el papel secundario de su propia vida.

¿Ideales? Me gustaría largarme, pero no se donde. Supongo que lejos del influjo de mi madre, o bien lejos de la esclavitud donde desemboca mi inercia”.

Una lágrima afloró de su brillante ojo y descendió por su mejilla hasta besar la comisura de sus labios. El papel arrugado que sostenía sobre sus manos, sirvió para volver a secar esas lágrimas que sus ojos desprendían. Siempre la misma parrafada escupía su boca, era una idea obsesiva que siempre repetía. La doctora no era la primera vez que lo escuchaba, ni la primera vez que veía como esas palabras provocaban el llanto incontrolable en su paciente. La doctora le había recetado un tranquilizante por el estado de nerviosismo en el que Ariadna se regocijaba. Su problema era debido a la castración, pero también a su propia castración. La doctora no le podía decir, Ariadna estás castrada, descástrate. Era Ariadna quien tenía que mirar por su bien, y tomar esa decisión, romper con lo que la mantenía presa, pero allí seguía, delante de ella, llorando por las mismas cosas, atrapada en esa inercia que la engullía, o al menos eso le manifestaba Ariadna.

Realmente, la doctora, un día esperaba que Ariadna le confesase que nunca más iría a su consulta, que había logrado vencer su miedo y se iba a algún sitio a comenzar su propia vida. Esperaba ese día con ansia, el día en que Ariadna rompiera con todo y recobrara el protagonismo del cartel de la obra de su vida. La doctora había leído sus poemas y le parecían hermosos, no comprendía que Ariadna se encerrase en un mundo de sombras si estaba asomada al mundo de las ideas. Ariadna era tan sensible, tan inteligente, tan bella pero se menospreciaba, y era incapaz de ver en ella lo que la doctora le veía. La doctora le preguntó por sus planes, sin involucrarse.

“Si tuviese dinero me compraría una casita en Segovia. Viviría en el campo, alejada de la ciudad, no obstante son sueños rotos, la realidad me golpea en la cara cada vez que me miro en el espejo. Supongo que permaneceré en la empresa donde desempeño una tarea absurda, consumiré mis días hasta que encuentre un compañero que los consuma conmigo… A veces tengo tanta envidia de Dostoievski, tal vez su espejo también le mancillaba la cara y se resbalaba por las rocas que sobresalían del río inercia… Quien sabe, a lo mejor debería buscar en sus libros la forma de no ser una rata del subsuelo, royendo la escoria de mundo prefabricado que me entierra en vida. Sé que podría vivir en la superficie, pero los hombres con garrotes esperan que asome mi cabecita”.

Tanto la doctora como la paciente se rieron por esas últimas palabras. La doctora visualizó a un ente maligno esperando a que floreciese la cabeza de Ariadna para atestarle un golpe que la devolviese a las profundidades. Lo malo de Ariadna, es que no había visto su cara reflejada en ese hombre, era ella misma quien se esperaba con el garrote. Ariadna negaba su propia felicidad, y temía por su vida. La doctora intuía que si Ariadna no volvía, no sería porque se hubiese liberado como ella esperaba, sino porque habría cortado la cuerda que le une a uno a la vida.

Ariadna no quería renunciar a su felicidad, aunque le costase su libertad. Un día Ariadna lo había dicho, lo había entrevisto en un pensamiento fugaz que le carcomió las entrañas. Explicó muy bien a la doctora que la felicidad era fruto de la ignorancia, pero que una vez que te percatabas de la realidad que te rodeaba, se apoderaba de ti una sensación de infelicidad corrosiva capaz de corromper la carne que cubre los huesos. Ella quería ser ignorante para ser feliz, pero ella no se daba cuenta que no podía volver atrás, tenía que aprender a vivir con ello. Ella había descubierto los intríngulis de la existencia humana, no podía borrar ese conocimiento de su mente, la única manera sería siendo afásica, pero eso no se elige, eso se tiene o no se tiene, uno no puede provocárselo.

El reloj marcó la hora de acabar con la sesión. La doctora percibía perfectamente que estaban en punto muerto. No avanzaban pero tampoco retrocedían. La doctora la citó para la semana siguiente, el mismo día de la semana y a la misma hora. Le pidió que por favor escribiera un escrito con sus emociones para que se lo leyese. A lo mejor leyéndose se comprendía, que mejor que buscar en Dostoievski que buscar en sí misma. La doctora acompañó a Ariadna hasta la puerta con una amplia sonrisa, le aconsejaba que no se cortase en su escrito ni el número de hojas ni en su contenido. Le pidió que enfocase el tema de su madre, si veía alguna obligación con ella, o bien, si se sentía identificada con ella, no fuera que creyese que era una prolongación de su madre. Que escribiese también sobre su ex ya que aún le desmoronaba los cimientos sobre los que construía, no fuese que la no superación de esa relación por no haber pasado página le impidiese relacionarse con nueva gente. Y por último que hablase de su trabajo, y que buscase dentro de ella algo que la ligase. Que se definiese a través de su trabajo, que buscase algo, que la obligase a quedarse.

Ariadna después de tomar nota y despedirse, cerró la puerta tras sus espaldas. Bajó las escaleras que conducían a la calle. Por fin, en la calle, tomó una bocanada de aire espeso, hasta el aire estaba enrarecido en esa gran ciudad de grandes barcazas contaminantes. Abrigada y encorvada se dirigió a la boca del metro, para reencontrarse con la falta de urbanismo de los seres histéricos que allí concurrían. Pero había cosas peores, los días de lluvia con los paraguas punzantes que se clavaban en el ojo. La gente tenía tan poco reparo con los seres que compartían con ellos su entorno. Ella sabía que si permanecía en esa ciudad, seguirían disfrutando de lo peor de ella, un día se volvería loca y rebanaría algún cuello, la verdad es que le encantaría hacerlo, así borraría de la faz de la tierra otro ser patético que como ella navegaba por las abruptas aguas del río inercia.

domingo, 6 de mayo de 2012

Displicencia


Llevaba tantas horas, Ethk Ramunc, encerrado a oscuras en ese cuartucho de dos por dos, que ni se inmutó cuando se sentó sobre su propio charco de orín. Había ahogado las fuerzas buscando una salida. Su descomunal cuerpo había caído en picado como una melodía de Sergei Rachmaninov sobre el frío suelo de su celda. Sus rebeldes rizos, pendían sobre sus brillantes ojos, donde aún albergaba una pequeña esperanza de escapar con vida.

Incluso se había acostumbrado al molesto y constante zumbido grave, que había conseguido discriminar de su percepción, la vibración transmitida por los conductos de aire (que tenían en su interior ventiladores girando a intervalos) en la pared agrietada donde estaba apoyado. A su vez, la pared, llena de manchas de humedad, se fue convirtiendo por momentos, en una tullida cama, en la que se sumergió en un psicodélico sueño de colores narcotizantes y siseos, y coros gélidos que fueron resquebrajando sus pensamientos hasta dejarle el cerebro seco, despejado, hasta quedar suspenso, en medio de la nada, flotando, en medio de una nube de gas, esperando su ejecución, una gran deflagración.

Al final, dos seres enormes, entraron en la pequeña habitación, Ethk dio un gran respingo, cuando vio que se dirigían hacia él, se sentía tan desfallecido, que uno sólo de esos calvorotas pudo reducirlo en un instante, y entre ambos lo arrastraron fuera de la húmeda y mohosa estancia en la que había estado preso tanto tiempo. No era consciente de si habían sido horas, o incluso si había sido más de un día, sólo sabía que había despertado allí, sin saber porque, tal vez ahora se le resolverían las dudas, tal vez alguien le explicaría que estaba pasando, porque había sido encerrado en esa habitación claustrofóbica, y porque ahora dos energúmenos lo arrastraban por la penumbra, a través de unos fétidos pasillos con apenas ventilación, aguantando un calor asfixiante.

Finalmente llegó a un despacho alumbrado por una pequeña lamparita que había en la mesita, que estaba puesta de tal manera, que le deslumbraba y le jodía la vista. Por lo visto, todo estaba pensado para joderle y exasperarle, querían incomodarle y lo estaban consiguiendo. No sabía como comportarse y afrontar la situación. Y sabía que todo dependía de su reacción. No podía comportarse como una nenaza, un víctima, pero tampoco como un chulito o un sabiondo, tenía que medir muy bien sus palabras, tenía que estudiar la situación, adaptarse, tenía que saber que coño pasaba, no podía perder los nervios, lo mejor que podía hacer era esperar, esperar que le dijeran que pasaba, que querían de él, era mejor no avanzar acontecimientos, no precipitarse, no mostrar miedo, ni debilidad, aunque estaba acojonado, y no tenía ni idea de cuanto podría aguantar la compostura, pero tenía que guardar las apariencias, intuía que su vida dependía de eso.

Tenía la boca seca, le rascaba la garganta, como si hubiese tragado alfileres. Se sentía dolorido, cansado, le pesaban los ojos. Molesto. Sentía como se le había dormido la pierna. Encima tenía el pantalón humedecido de haberse orinado encima. Necesitaba darse una ducha, apestaba. Sentía la piel acartonada por el sudor reseco, y se sentía grasiento por el sudor que no dejaba de emanar de su cuerpo. El pelo se le pegaba en la frente, en las sienes y en cogote. Encima, notaba que tenía mal aliento por no haber ingerido nada de alimento. Se sentía fatal. A parte, de vez en cuando, sentía algún retortijón en el estomago porque le venían ganas de ir al baño, y calambres en el pecho, por los nervios y el estrés al que estaba siendo sometido.