Nereida logró incorporarse, una multitud le rodeaba. Alguien advirtió que una ambulancia venía en camino, pero Nereida no quiso quedarse a esperarla, pidió que por favor no se preocupasen, precisamente venía del médico. Un hombre joven se ofreció a llevarla a casa, pero Nereida se negó, no quería causarle molestias, y por mucho que el chico insistió, Nereida no accedió porque a lo mejor era el intruso que rondaba por su casa.
Finalmente en su templo, se sentó en el sofá apesadumbrada. Detalló en una libreta el ataque que había tenido para que la doctora lo tuviera en cuenta.
En una de las visitas siguientes a la doctora, después de todos los hechos más o menos relevantes que Nereida había recopilado en su libreta, la psiquiatra le comentó que podría tratarse de una apnea del sueño. La doctora le facilitó el teléfono de un especialista para que pidiese hora, no obstante, Nereida no lo tenía claro, ella creía que era un trastorno mental no obstante era alentador que hubiese una explicación física a su problema.
El especialista, un neurólogo, la visitó. Nereida tuvo que someterse a un polisimnograma y un test de latencias múltiples de sueño. Nereida recordó la noche que pasó en el instituto del sueño, cuando la enfermera le quitaba todas las ventosas, cuando se incorporó de la cama para irse a cambiar de ropa, las piernas le flaquearon y se precipitó de morros sobre el suelo sin poder protegerse con las manos. Cuando despertó comprobó si tenía todos los dientes, y efectivamente los tenía. Una cámara que había en esa habitación, registró lo sucedido y los profesionales decidieron hacerle un TAC cerebral.
Al cabo de unas semanas, el neurólogo llamó al móvil de Nereida y la citó en su consulta para él lunes porque ya tenía los resultados de las pruebas médicas. Nereida suplicó su diagnóstico al doctor porque faltaban dos días y no quería pasarlos en vela, pero el doctor se despidió recordándole que se verían en la consulta. Nereida estaba tan nerviosa que se sobresaltó cuando notó que alguien la sacudía, era el camarero que le avisaba que cerraban.
En la sala de espera de la consulta del neurólogo, Nereida echaba de menos sus uñas. De lo nerviosa que estaba, se hubiera comido las uñas de la mujer y el niño que esperaban con ella, si estos se lo hubiesen permitido. La enfermera apareció por la puerta y avisó a Nereida que era su turno.
Nereida se frotaba las manos sudorosas, respiraba pausadamente intentado calmarse. Todas esas semanas de pruebas y espera, se apoyó en las charlas de la doctora que la reconfortaban psicológicamente. La doctora le enseñó unas cuantas técnicas para calmar su ansiedad ya que se negó a recetarle medicación para combatirla. Nereida sentada ante el doctor esperaba su veredicto. Éste tenía los ojos clavados en su historial, dejó de examinarlo para mirar los ojos de su paciente y le comunicó su diagnosis sin perderlos de vista. Nereida tenía narcolepsia.
Nereida no sabía si eso era bueno o malo, porque desconocía de qué se trataba, exigió al doctor una explicación. El neurólogo le expuso que la narcolepsia era una alteración del sistema nervioso que afectaba a los mecanismos del sueño. Le informó sobre los recientes estudios que apoyaban la tesis que era debido a la muerte de las células hipocretinas que se hallaban en el hipotálamo y que en su lugar había una especie de tejido cicatrizado, llamado gliosis. A Nereida esa explicación le sonó a chino y evidenció su ignorancia. El neurólogo le entregó un documento donde se explicaba que era la enfermedad, incluso, se detallaban los síntomas, él se los enumeró. Inició la relación con la somnolencia diurna y la sensación de fatiga excesiva junto a los ataques de sueño; Seguidamente las cataplejías, las alucinaciones hipnagógicas y la parálisis del sueño; después prosiguió con otros síntomas que subrayó que eran secundarios, como la conducta automática y el sueño nocturno interrumpido. Nereida empezó a comprender, ella estaba familiarizada con esos síntomas, aunque necesitó que el neurólogo le aclarase lo de la conducta automática. El neurólogo lo interpretó como rutinas que uno no es consciente de que las desarrolla en el momento de su ejecución. Luego el neurólogo manifestó que la narcolepsia de momento era una enfermedad incurable, con lo cual el tratamiento era paliativo, atacaba sólo a los síntomas. Estaban haciendo unos estudios con células madres, pero aún no había ningún resultado satisfactorio. El neurólogo le recetó Modiodal para la narcolepsia y Rubifén para la cataplejía. De momento no le recetaba nada para las alucinaciones porque tenía que empezar a dominarlas, pero si se le hacía imposible controlarlas, le recetaría anafranil que no las hacía desaparecer pero ayudaba. Nereida con las manos sobres sus muslos, escuchó los consejos del doctor que le recordaba que se acostase y levantase a la misma hora, que evitase tomar excitantes y comer antes de dormir, que debía permanecer relajada antes de acostarse y que durmiese en un sitio tranquilo. Nereida se río, su casa precisamente no era tranquila, si parecía que la gente de la calle estaba en su salón. El neurólogo le pasó el documento y le sugirió que lo estudiase, y siguiese las indicaciones que había incluidas en él.
Nereida cruzada de brazos, clavó sus ojos negros sobre los del doctor, había una pregunta que rondaba su cabeza que no era capaz de pronunciar. El neurólogo animó a que la formulase. Nereida quería saber si la narcolepsia podía perjudicar su rendimiento laboral y si tenía que informar a su empresa de que la padecía, por otra parte tenía miedo de que la echasen por estar enferma, se sentía perdida. El neurólogo comprendía muy bien que le pidiese eso ya que tenía que empezar a descubrir cuales eran sus limitaciones y debía aprender a vivir con ellas. El neurólogo le aconsejó que si quería tramitar la minusvalía, podría pedir información en los servicios sociales o ambulatorios de la seguridad social.
Finalmente en su templo, se sentó en el sofá apesadumbrada. Detalló en una libreta el ataque que había tenido para que la doctora lo tuviera en cuenta.
En una de las visitas siguientes a la doctora, después de todos los hechos más o menos relevantes que Nereida había recopilado en su libreta, la psiquiatra le comentó que podría tratarse de una apnea del sueño. La doctora le facilitó el teléfono de un especialista para que pidiese hora, no obstante, Nereida no lo tenía claro, ella creía que era un trastorno mental no obstante era alentador que hubiese una explicación física a su problema.
El especialista, un neurólogo, la visitó. Nereida tuvo que someterse a un polisimnograma y un test de latencias múltiples de sueño. Nereida recordó la noche que pasó en el instituto del sueño, cuando la enfermera le quitaba todas las ventosas, cuando se incorporó de la cama para irse a cambiar de ropa, las piernas le flaquearon y se precipitó de morros sobre el suelo sin poder protegerse con las manos. Cuando despertó comprobó si tenía todos los dientes, y efectivamente los tenía. Una cámara que había en esa habitación, registró lo sucedido y los profesionales decidieron hacerle un TAC cerebral.
Al cabo de unas semanas, el neurólogo llamó al móvil de Nereida y la citó en su consulta para él lunes porque ya tenía los resultados de las pruebas médicas. Nereida suplicó su diagnóstico al doctor porque faltaban dos días y no quería pasarlos en vela, pero el doctor se despidió recordándole que se verían en la consulta. Nereida estaba tan nerviosa que se sobresaltó cuando notó que alguien la sacudía, era el camarero que le avisaba que cerraban.
En la sala de espera de la consulta del neurólogo, Nereida echaba de menos sus uñas. De lo nerviosa que estaba, se hubiera comido las uñas de la mujer y el niño que esperaban con ella, si estos se lo hubiesen permitido. La enfermera apareció por la puerta y avisó a Nereida que era su turno.
Nereida se frotaba las manos sudorosas, respiraba pausadamente intentado calmarse. Todas esas semanas de pruebas y espera, se apoyó en las charlas de la doctora que la reconfortaban psicológicamente. La doctora le enseñó unas cuantas técnicas para calmar su ansiedad ya que se negó a recetarle medicación para combatirla. Nereida sentada ante el doctor esperaba su veredicto. Éste tenía los ojos clavados en su historial, dejó de examinarlo para mirar los ojos de su paciente y le comunicó su diagnosis sin perderlos de vista. Nereida tenía narcolepsia.
Nereida no sabía si eso era bueno o malo, porque desconocía de qué se trataba, exigió al doctor una explicación. El neurólogo le expuso que la narcolepsia era una alteración del sistema nervioso que afectaba a los mecanismos del sueño. Le informó sobre los recientes estudios que apoyaban la tesis que era debido a la muerte de las células hipocretinas que se hallaban en el hipotálamo y que en su lugar había una especie de tejido cicatrizado, llamado gliosis. A Nereida esa explicación le sonó a chino y evidenció su ignorancia. El neurólogo le entregó un documento donde se explicaba que era la enfermedad, incluso, se detallaban los síntomas, él se los enumeró. Inició la relación con la somnolencia diurna y la sensación de fatiga excesiva junto a los ataques de sueño; Seguidamente las cataplejías, las alucinaciones hipnagógicas y la parálisis del sueño; después prosiguió con otros síntomas que subrayó que eran secundarios, como la conducta automática y el sueño nocturno interrumpido. Nereida empezó a comprender, ella estaba familiarizada con esos síntomas, aunque necesitó que el neurólogo le aclarase lo de la conducta automática. El neurólogo lo interpretó como rutinas que uno no es consciente de que las desarrolla en el momento de su ejecución. Luego el neurólogo manifestó que la narcolepsia de momento era una enfermedad incurable, con lo cual el tratamiento era paliativo, atacaba sólo a los síntomas. Estaban haciendo unos estudios con células madres, pero aún no había ningún resultado satisfactorio. El neurólogo le recetó Modiodal para la narcolepsia y Rubifén para la cataplejía. De momento no le recetaba nada para las alucinaciones porque tenía que empezar a dominarlas, pero si se le hacía imposible controlarlas, le recetaría anafranil que no las hacía desaparecer pero ayudaba. Nereida con las manos sobres sus muslos, escuchó los consejos del doctor que le recordaba que se acostase y levantase a la misma hora, que evitase tomar excitantes y comer antes de dormir, que debía permanecer relajada antes de acostarse y que durmiese en un sitio tranquilo. Nereida se río, su casa precisamente no era tranquila, si parecía que la gente de la calle estaba en su salón. El neurólogo le pasó el documento y le sugirió que lo estudiase, y siguiese las indicaciones que había incluidas en él.
Nereida cruzada de brazos, clavó sus ojos negros sobre los del doctor, había una pregunta que rondaba su cabeza que no era capaz de pronunciar. El neurólogo animó a que la formulase. Nereida quería saber si la narcolepsia podía perjudicar su rendimiento laboral y si tenía que informar a su empresa de que la padecía, por otra parte tenía miedo de que la echasen por estar enferma, se sentía perdida. El neurólogo comprendía muy bien que le pidiese eso ya que tenía que empezar a descubrir cuales eran sus limitaciones y debía aprender a vivir con ellas. El neurólogo le aconsejó que si quería tramitar la minusvalía, podría pedir información en los servicios sociales o ambulatorios de la seguridad social.